Arturo Ciorán
Poeta recién llegado
Lo invitó a cenar.
Iba a anunciarle algo.
Comieron callados.
Abrió la boca para proferir,
pero él se adelantó:
«ya lo sé».
Vio sus ojos llenos de pasmo
y, a continuación, humedecidos.
«Ya lo sé», repitió.
Y se abrazaron.
Lo sabía desde su niñez.
Un chasquido de dedos
y de pronto enmudeció.
No alzaba la mirada.
Oyó cómo mamá
lo regañaba por mojar
el colchón.
«¡¿Qué te pasa!,
¡¿qué te pasa?!,
vos no eras así».
Y agachaba la cabeza
y se echaba a llorar
y nunca contestaba
qué pasaba.
Vio cómo rehuía
de su otro hermano,
el mayor,
el retardado.
Y la contingencia
aleteaba como una polilla
en la noche.
En una noche estival
se acostó en slip
y se quedó dormido.
Las bisagras rechinaron,
entreabrió los párpados
y vislumbró su hechura borrosa.
Cerró los ojos una vez más.
Él se acostó entre sus piernas
y refregó el antebrazo
contra su bulto.
Saltó de la cama sobrecogido,
irguió el puño, pero lo arrió
al reparar en su semblante
de pavor,
el mismo situado tras la mesa,
ya adultos,
en ese restorán,
a punto de confesarle algo,
el mismo semblante inmutado
cuando dijo «ya lo sé».
Estaban aferrados uno del otro
cuando le musitó en el oído:
«siempre te voy a querer,
siempre»,
y se le hizo un nudo en la garganta.
Iba a anunciarle algo.
Comieron callados.
Abrió la boca para proferir,
pero él se adelantó:
«ya lo sé».
Vio sus ojos llenos de pasmo
y, a continuación, humedecidos.
«Ya lo sé», repitió.
Y se abrazaron.
Lo sabía desde su niñez.
Un chasquido de dedos
y de pronto enmudeció.
No alzaba la mirada.
Oyó cómo mamá
lo regañaba por mojar
el colchón.
«¡¿Qué te pasa!,
¡¿qué te pasa?!,
vos no eras así».
Y agachaba la cabeza
y se echaba a llorar
y nunca contestaba
qué pasaba.
Vio cómo rehuía
de su otro hermano,
el mayor,
el retardado.
Y la contingencia
aleteaba como una polilla
en la noche.
En una noche estival
se acostó en slip
y se quedó dormido.
Las bisagras rechinaron,
entreabrió los párpados
y vislumbró su hechura borrosa.
Cerró los ojos una vez más.
Él se acostó entre sus piernas
y refregó el antebrazo
contra su bulto.
Saltó de la cama sobrecogido,
irguió el puño, pero lo arrió
al reparar en su semblante
de pavor,
el mismo situado tras la mesa,
ya adultos,
en ese restorán,
a punto de confesarle algo,
el mismo semblante inmutado
cuando dijo «ya lo sé».
Estaban aferrados uno del otro
cuando le musitó en el oído:
«siempre te voy a querer,
siempre»,
y se le hizo un nudo en la garganta.