¡Ya que no olvido... no hay muerte! Décimas a mi padre.

Maktú

Poeta que considera el portal su segunda casa
Recuerdo su abrazo tierno

saciándome de esperanza,

lo justo de su balanza

y su rebeca de invierno;

las cuentas de su cuaderno

que las dio por bien saldadas,

un sinfín de madrugadas,

el Tiempo en su tez morena,

mis carreras por la arena

por su ilusión animadas.


Mi padre anduvo incesante

cada paso del Camino

como quien toma su Sino

y lo vuelve colindante.

Me dio su empuje gigante

con la paz que más serena;

no supo de mal ni pena

cuando cantaba “A la lima

y al limón” que fue la rima

que le sonaba más buena.


Recuerdo su voz fecunda

de tono tan cebollero,

sus manos de camionero

y su mirada profunda.

Su memoria me circunda

cuando vuelvo a La Montaña

donde no verlo me extraña

-aunque sentirlo lo siento-:

mi padre es un sentimiento

que me deleita y no engaña.


Mi padre anduvo conmigo

las zanjas de mi trayecto,

siempre en busca de lo recto

y en su búsqueda prosigo.

De mi padre tomo abrigo

si la helada pega fuerte,

rebosante de su suerte

como si mi esencia fuera

la esperada primavera

que en su niño me convierte.


¡Ya que no olvido… no hay muerte!
 
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