Aryaa
Poeta recién llegado
Yo también te quiero
Todavía mantenía mis ojos en los suyos, incrédula. Por más que intentaba no podía resistirme a esa fuerza de atracción que ejercía su mirada hacia a mí. Y tampoco estaba segura de querer mirar hacia otro lado. Eran tan perfectas esas esferas que parecían pintadas con la fría plata. Y, contrariamente, transmitían una sensación de calidez, de ternura. No eran los ojos rudos y helados de una persona que había sufrido, y lo había hecho, bien lo sabía yo. Mas no mostró ni un solo momento, ni un solo instante, el frío tan inmenso que debía de haber escondido en su corazón.
Me miraba, y yo le miraba. Y él contemplaba mi cara de sorpresa de la forma más tranquila. Después de lo que me había dicho no estaba siquiera ansioso por una contestación. No lo entendía. La espera no le producía miedo, ni dolor por la incertidumbre, ni nervios. ¿Acaso tenía claro lo que le iba a decir? Quizá debía barajar la posibilidad de que fuera cierto, que era un libro abierto, al fin y al cabo.
Continué mirando ese rostro perfecto, esos ojos que parecían plata fundida, sus facciones, perfectamente relajadas. Y entonces mi expresión cambió, asimilando la situación. Sonreí, feliz. Él también sonrió mostrando su perfecta dentadura de un blanco inmaculado. Y, contrariamente a lo que cabía esperar, continuó en calma, seguro y sonriente.
Finalmente rompí el silencio y le contesté. No debía contestar a una pregunta, no. La respuesta que debía darle era a una de esas frases, que aunque no hubiera cuestión, sabes que deben ser contestadas. Esas dos palabras que pueden cambiar tu vida, embriagándote de alegría o de culpabilidad. Por suerte, a mí me sucedió lo primero.
Por fin hablé:
―Yo también te quiero.
Todavía mantenía mis ojos en los suyos, incrédula. Por más que intentaba no podía resistirme a esa fuerza de atracción que ejercía su mirada hacia a mí. Y tampoco estaba segura de querer mirar hacia otro lado. Eran tan perfectas esas esferas que parecían pintadas con la fría plata. Y, contrariamente, transmitían una sensación de calidez, de ternura. No eran los ojos rudos y helados de una persona que había sufrido, y lo había hecho, bien lo sabía yo. Mas no mostró ni un solo momento, ni un solo instante, el frío tan inmenso que debía de haber escondido en su corazón.
Me miraba, y yo le miraba. Y él contemplaba mi cara de sorpresa de la forma más tranquila. Después de lo que me había dicho no estaba siquiera ansioso por una contestación. No lo entendía. La espera no le producía miedo, ni dolor por la incertidumbre, ni nervios. ¿Acaso tenía claro lo que le iba a decir? Quizá debía barajar la posibilidad de que fuera cierto, que era un libro abierto, al fin y al cabo.
Continué mirando ese rostro perfecto, esos ojos que parecían plata fundida, sus facciones, perfectamente relajadas. Y entonces mi expresión cambió, asimilando la situación. Sonreí, feliz. Él también sonrió mostrando su perfecta dentadura de un blanco inmaculado. Y, contrariamente a lo que cabía esperar, continuó en calma, seguro y sonriente.
Finalmente rompí el silencio y le contesté. No debía contestar a una pregunta, no. La respuesta que debía darle era a una de esas frases, que aunque no hubiera cuestión, sabes que deben ser contestadas. Esas dos palabras que pueden cambiar tu vida, embriagándote de alegría o de culpabilidad. Por suerte, a mí me sucedió lo primero.
Por fin hablé:
―Yo también te quiero.
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