La esclavitud no abolida El ser humano,
ese eterno esclavo de sí mismo,
esclavo de las sensaciones,
esclavo del sentir y del sentimiento,
esclavo de sus sueños, deseos y anhelos,
esclavo del miedo,
esclavo vanidoso que padece delirios de grandeza,
esclavo libre,
esclavo de la belleza,
ser que se ata a sí mismo
innecesariamente de pies y manos,
esclavo de la palabra,
esclavo de su rabia,
esclavo ansioso, al que corroe la avaricia, la envidia,
esclavo de su pena,
esclavo de la piedad,
esclavo de la sonrisa ajena,
esclavo de la necesidad,
porque si algo convierte al humano en humano, es su insaciable necesidad,
necesita necesitar,
necesita beber de sus sueños,
necesita comer, pero también besar, también amar.
Atado a cadenas invisibles
asume la esclavitud que le martiriza,
sin saber que la libertad,
la relativa, no la plena,
aunque quizás también ésta,
está al alcance de su mano.
Por desgracia, el ser humano es esclavo ciego.
Reside en la angosta celda de su insignificante vida,
sin percatarse de que la reja no está cerrada,
que la salida no le está vedada,
que al otro lado la luz le espera.
¿Acaso no lo sabe?
¿Acaso teme el abismo que abraza quien se lanza con ímpetu sobre la vida?
¿Acaso teme más saber, que la puerta que da paso a la dulce incertidumbre, está abierta de par en par, que saber, que en su celda eternamente deberá permanecer?
Inexplicable paradoja la de esta criatura esclava de la libertad,
de sí misma y de los demás,
cuya existencia transcurre bajo el dictamen
de un ‘yo’ caprichoso en extremo. Regístrate en el Portal para quitar esta publicidad.
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