En casa había rebaño y la abuela hacía el queso, yo tenía pocos años, y mis padres poco seso, aunque decirlo me duela, todo el día trabajaban, y claro, se preocupaban porque dormía en exceso y llamaban a un vecino, que era medio curandero al ver tan rara dolencia, una especie de asistencia que no costaba dinero, pero sí cobraba en vino e incluso a veces en queso, al final se decidió, que nadie me preguntó que empezara algún oficio, y al herrero me mandó, para dar algún servicio a fin de recuperar el coste de mi crianza nivelando la balanza y evitando el desperdicio.
Para trabajar el hierro no hace falta mucha labia, se calienta en una fragua, luego se coge un martillo y se golpea con rabia, luego se mete en un cubo y se remoja en un agua de naturaleza incierta. Pobrecito de mi padre que mala pensada tuvo, el ruido me desconcierta y el humo me da la tos o sea que dos de dos.
Por lo mucho que me quieren y por miedo que volviera la dolencia que me achaca que les cuesta mucho vino, por los costes del vecino, aparte de algunos quesos, que resulta que son esos los que nos mantienen pobres, terminaron la paciencia, y llamaron a la ciencia que está en manos del abad,que se llama Desiderio y gracias a una amistad y fieles a su criterio, seis años hará en san Juan que ingresé en el monasterio un sagrado ministerio para un joven haragán que el trabajo le es suplicio, y el descanso su gran vicio.
Per secula seculorum... Amén