Origen y evolución del sistema ortográfico del idioma Castellano – Parte 2/6

Origen y evolución del sistema ortográfico del idioma Castellano – Parte 2/6 — EfÍmera ilusión · Blog en MundoPoesía

Origen y evolución del sistema ortográfico del idioma Castellano – Parte 2/6

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Durante el proceso de evolución del latín al romance fueron surgiendo nuevos fonemas que llegaron casi a duplicar el número de consonantes del castellano medieval con respecto al latín clásico. Apareció el orden de las palatales que se conservan hoy (la eñe, la ye, la che y la elle), el fonema vibrante múltiple “doble erre (rr)” y una serie de fonemas fricativos sordos y sonoros, estos últimos posteriormente desaparecidos. Buena parte de los nuevos fonemas se inscribían en el grupo de las consonantes sibilantes medievales (así llamadas por percibirse en su emisión una especie de silbido), de cuya reorganización surgieron los actuales fonemas “zeta y jota”.

Para todos estos nuevos fonemas, inexistentes en latín, era necesario encontrar formas de representación gráfica. Así, los primeros testimonios escritos en lengua romance, fechados en la segunda mitad del siglo X o, a principios del siglo XI, muestran el esfuerzo de sus redactores por dar con soluciones gráficas que les permitiesen reflejar la nueva realidad lingüística utilizando los elementos del sistema ortográfico latino. En muchos casos, los grafemas mantenían el valor fonológico que tenían en latín, ya que seguían representando en el castellano medieval el mismo fonema; pero, en otros, el mantenimiento de la grafía latina encubría divergencias profundas en la pronunciación, de modo que muchos grafemas se empleaban en el castellano medieval con valores fonológicos muy diferentes de los que tenían en latín. Por otra parte, para representar los nuevos fonemas se recurrió a menudo a combinaciones de grafemas preexistentes, algunas de las cuales permanecen hoy en nuestro sistema ortográfico, como los dígrafos “che y elle”, o la letra “eñe”, procedente del dígrafo medieval “doble ene”. Por el contrario, son prácticamente inexistentes los casos de grafemas de nueva creación, ya que no lo fue del todo la “cedilla”, esta letra, que se especializó en el castellano medieval en la representación de uno de los fonemas sibilantes, surgió por evolución gráfica de la “zeta”, que los amanuenses visigodos escribían con un copete en forma de letra “ce”, adorno que fue creciendo hasta convertir la “zeta” originaria en un mero apéndice o virgulilla. La “cedilla” que forma parte del alfabeto actual de otras lenguas románicas, como el catalán, el francés o el portugués, desapareció; en cambio, de la escritura del castellano moderno, fue sustituida, según los casos por una “ce” antes de las vocales “e, i” o la letra “z”.

En los manuscritos de esta primera etapa, la escritura se caracteriza por una constante variación en la elección de las grafías para representar los nuevos fonemas, no sólo entre documentos distintos, sino a veces, incluso, dentro de un mismo texto (en la elaboración de los códices medievales era frecuente la intervención de varios redactores, con hábitos gráficos no siempre coincidentes). Esta irregularidad gráfica se ha interpretado tradicionalmente como reflejo de la vacilación e inseguridad de los escribientes en la representación gráfica de un sistema lingüístico aún en formación y carente; por ello, de fijeza ortográfica.

La escritura, en esta etapa primitiva, manifiesta una clara tendencia al fonetismo, pues su intención es reflejar en lo posible la pronunciación, de ahí que la variabilidad gráfica no deba interpretarse simplemente como fruto de la ausencia de una norma ortográfica asentada, sino que, en muchos casos, es reflejo de la propia variación e inestabilidad que caracteriza la lengua oral.
Investigaciones recientes basadas en el análisis grafemático de los textos manuscritos medievales han detectado, además, otros factores de importancia que explican asimismo esta variabilidad, como las diversas tradiciones gráficas en las que se habrían formado los escribanos (asociadas en muchos casos, a diferencias dialectales de pronunciación) o el tipo de letra utilizado en cada texto (distinta según se tratara de libros o documentos, y muy variable en estos últimos según sus clases), lo que a menudo tenía repercusiones gráficas importantes tanto en la forma como en la elección de los grafemas o combinaciones de grafemas para representar los diversos fonemas. La variación es, pues, una característica inherente a la escritura medieval, como lo es también de la propia lengua de esa época en otros planos lingüísticos (morfológico, sintáctico y léxico).

No obstante, a medida que se van consolidando los resultados de la evolución fonético-fonológica que conlleva el paso del latín al castellano medieval, se fijan progresivamente también los usos gráficos, en un lento e ininterrumpido proceso de selección de variantes.

Gracias por su atención.
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