Mirá, te leo y es como si de golpe se abriera una grieta en el piso del living, una de esas que no se ven pero que te hacen caminar con cuidado para no irte al fondo. Me mandás estas palabras, tan limpias, tan terriblemente afeitadas de excusas, y yo me quedo acá, dándole vueltas al azúcar en el café, pensando en los soñadores que se olvidan de soñar y se convierten en estatuas de sal.
Vos decís "fui yo", y lo decís con una puntería que da miedo. Pero escuchame una cosa : en este juego de la rayuela que armamos, donde vos eras el cielo y yo andaba por la tierra con una piedrita en la mano, lo peor no fue que te fueras sin avisar. Lo peor es esa permanencia de cartón pintado, ese estar estando que es, al final, la forma más prolija de la ausencia.
Me hablás de que no hubo otro cuerpo, y te creo. Pero hubo otra distancia, que es más ancha que el Atlántico. Me dejaste instalada en un departamento vacío mientras vos seguías ahí, sentado escribiendo o mirando el techo. Me hiciste creer que el silencio era paz, cuando en realidad era el ruido de algo que se estaba rompiendo muy despacio, como un vidrio al congelelarse.
Qué manía la nuestra, la de querer ser buenos cuando ya somos simplemente extraños. Me quitaste el derecho al portazo, al grito, a esa maldita bronca que te permite reconstruirte sobre las cenizas. Me dejaste un "te quiero" con sabor a despedida vieja, un dulce que uno muerde y descubre que por dentro es puro aire.
Decís que fuiste el error. No sé, quizás. Pero qué manera tan perfecta de equivocarse, ¿no? Quedarse hasta volverse ausencia es casi una obra de arte, una forma de magia negra donde el truco consiste en que el mago desaparece pero el sombrero sigue ahí, flotando en el aire.
Ahora la piedrita cayó afuera del dibujo. Ya no hay más cuadros que saltar. Vos te fuiste tarde, sí, pero yo también me quedé demasiado tiempo mirando un lugar donde ya no soplaba el viento. Al final, somos dos que no supieron cuándo se terminaba la música y seguimos bailando en la oscuridad, cada uno por su lado, creyendo que el otro todavía nos sostenía de la cintura.
Andate ahora, pero andate de veras. No dejes nada, ni esa sombra que proyectás contra la pared, ni tu olor inundando los rincones. Dejame sola con mi historia, que yo sabré qué hacer con este vacío que me regalaste.
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