I. LA GRIETA
Donde todo comienza a romperse
Hubo un día sin ruido aparente,
sin anuncio, sin señal ni aviso;
pero algo en mí dejó de ser preciso.
y empezó a cuestionarlo lentamente.
No fue dolor lo que abrió la herida,
ni un golpe que alterara el camino;
fue más bien un silencio repentino.
que me obligó a mirar mi propia vida.
Y lo que antes se daba por cierto,
empezó a deshacerse sin prisa;
como arena que cae en la brisa
sin que el ojo lo note al descubierto.
No supe cuándo empezó el desorden,
solo vi que ya no encajaba todo;
y en ese leve quebrarse del modo
entendí que el inicio es el borde.
La primera pregunta
Empezó como un gesto sencillo,
una duda sin forma ni nombre;
pero en mí fue creciendo el asombro
de no ser lo que siempre he creído.
Miré dentro sin saber qué buscaba,
como quien abre una puerta cerrada;
y en la sombra que allí se quedaba
algo en mí, por primera vez, dudaba.
No hubo respuesta, solo un temblor
en la base más honda del ser;
como si el propio modo de ver
se rompiera sin hacer ruido ni error.
Y entendí, sin entender todavía,
que hay preguntas que abren caminos;
no hacia fuera, ni hacia destinos…
sino al lugar donde empieza la vida.
Lo que no encajaba
Había días en que todo seguía igual,
pero yo no lograba sostenerme;
como si algo empezara a perderme
sin hacer ruido, sin gesto, sin mal.
No era el mundo el que se movía,
sino la forma en que lo miraba;
y en esa mirada que ya no encajaba
sentí que algo en mí se abría.
Quise volver a lo que era seguro,
a lo que siempre había funcionado;
pero el mismo gesto repetido
ya no encontraba su antiguo muro.
Y en ese leve desajuste interno,
sin drama, sin gran desorden externo,
comprendí que el ser más sincero
empieza donde lo firme es incierto.
El umbral
Y un día dejé de fingir certezas,
no por derrota, sino por verdad;
como quien suelta la necesidad
de sostener lo que ya no regresa.
No hubo ruido, ni gesto ni caída,
solo un ver sin adornos ni excusa;
y en esa mirada, limpia y difusa,
se deshizo la forma de la herida.
No fui menos… fui más transparente,
sin el peso de lo que aparentaba;
y lo que antes en mí se quebraba
se volvió comprensión lentamente.
Y entendí que la grieta no es daño,
sino puerta que abre lo humano;
el lugar donde empieza lo claro
cuando cae lo que fue engaño.
II. LA BÚSQUEDA
Romance de la búsqueda
No busqué de la vida verdades,
ni tampoco busqué la certeza;
y en vueltas dentro de mi cabeza
sin buscarlas hallé realidades.
Y seguí por caminos inciertos,
persiguiendo señales del mundo,
sin saber que en lo más profundo
se escondían mis propios aciertos.
Pregunté a los vientos su rumbo,
a la noche su luz escondida,
y en la prisa de hallar una vida
me alejaba del centro más hondo.
Todo afuera parecía respuesta,
todo lejos tenía sentido;
pero en mí, lo más escondido
era el eco que nunca contesta.
Y cansado de andar sin destino,
de buscar sin hallar lo buscado,
fui soltando lo ya imaginado
para oír lo que nace en lo fino.
Y entendí, sin comprender todavía,
que la búsqueda es solo el camino;
y que el hallazgo no es el destino…
sino el lugar donde cesa la huida.
Cuando cesa la pregunta
Ya no persigo señales ni mapas,
ni confío en respuestas ajenas;
se han calmado las viejas cadenas
que ataban mis dudas más claras.
No es que el mundo haya dado respuestas,
ni que todo se haya resuelto en mí;
es que aprendí a quedarme aquí,
sin urgencia, sin nuevas apuestas.
Lo buscado perdió su importancia,
no porque dejara de importar;
sino porque aprendí a mirar
sin la prisa de hallar distancia.
Y en ese detenerse sin lucha,
sin exigirle al tiempo un sentido,
comprendí que lo ya recorrido
no era error… era escucha.
El cansancio fértil
Cansado de buscar lo que no hallaba,
de insistir en preguntas sin respuesta,
dejé caer la mano ya dispuesta
a seguir una senda que no estaba.
Y en ese abandono sin derrota,
sin sentir que perdía lo esperado,
descubrí que el dejar lo imaginado
era el paso que todo lo agota.
III. EL GIRO
Soy lo que fui
Doy gracias por todo lo vivido,
por lo cierto, lo torpe y lo incierto;
por aquello que creí desierto
y hoy comprendo que tuvo sentido.
Por mis fallos, mis dudas, mis miedos,
por las veces que no supe verme;
por caer y volver a sostenerme
entre sombras, silencios y anhelos.
Nada sobra en lo que me ha formado,
ni lo amargo ni lo que dolía;
cada paso que di, me traía
hasta el ser que hoy habito a mi lado.
Y no niego la lucha que he sido,
ni el combate que aún me acompaña;
es mi fuego, mi pulso, mi entraña,
lo que late en lo que hoy he construido.
Porque soy lo que fui… sin rechazo,
sin querer corregir lo vivido;
y en ese aceptar lo que he sido
me sostengo, completo, sin trazos.
No era el camino, era yo
Creí muchas veces que el camino
era ajeno, distante, incierto;
que había un lugar más correcto,
donde al fin encontrar mi destino.
Y seguí, confundido en la forma,
persiguiendo señales externas;
sin ver que en mis propias cavernas
ya habitaba la clave que forma.
No era el mundo el que estaba perdido,
ni los otros, ni el rumbo ni el tiempo;
era yo, en mi propio movimiento,
quien se hallaba buscando sentido.
Y al cansarse mi ansia de huida,
al cesar la necesidad de llegar,
descubrí que el dejar de buscar
era justo empezar la vida.
Porque el giro no fue en el afuera,
ni en los mapas, ni en nuevas respuestas;
fue mirar sin cerrar las puertas
hacia dentro… donde todo me espera.
Lo que permanece
Ya no persigo respuestas,
ni necesito entenderlo todo;
hay una calma en el modo
en que la vida se muestra.
Lo que fue confusión se aquieta,
lo que dolía ya no aprieta;
no porque haya desaparecido,
sino porque ha sido comprendido.
Sigo siendo el que pregunta,
pero sin urgencia en la voz;
como quien camina despacio
sabiendo que todo conduce a dos:
a lo que fui cuando buscaba,
y a lo que soy al aceptar
que no era el mundo a cambiar…
sino la mirada que observaba.
IV. EL AHORA
Nunca dejé de habitarlo
No ocurre en otro tiempo que no sea este,
ni espera a que la vida se ordene;
el ahora no llega ni viene,
simplemente es… y se ofrece.
No necesita forma ni nombre,
ni busca ser comprendido;
es un pulso siempre encendido
que habita en todo y en el hombre.
Y cuando dejo de buscarlo,
cuando cesa la intención,
descubro en su respiración
que nunca dejé de habitarlo.
No hay otro lugar
No hay otro lugar que no sea este,
ni otro tiempo donde habitar la vida;
todo lo que fue ya se retira
y lo que vendrá aún no acontece.
Aquí respira todo lo que existe,
sin nombre, sin historia ni medida;
y en esta forma simple y contenida
la vida, sin buscar, persiste.
Quise huir hacia otros horizontes,
imaginar un sitio más completo;
y era este instante, quieto y discreto,
el que aguardaba en todos los rincones.
Lo que es
Nada falta en lo que ahora sucede,
aunque la mente insista en corregir;
hay un modo más hondo de vivir
que no juzga, no exige ni precede.
Lo que es, no necesita defensa,
ni argumento, ni forma, ni razón;
es presencia sin interpretación
que en su propio latido se piensa.
Y al dejar de oponer resistencia,
al soltar el deseo de cambiar,
descubro que el simple estar
es la forma más pura de existencia.
Sin tiempo
El ahora no mide lo que dura,
ni se extiende en pasado o porvenir;
es un punto que sabe persistir
sin depender de forma ni estructura.
No hay antes ni después en su latido,
solo un pulso constante y silencioso;
y en ese instante pleno y luminoso
todo ocurre sin ser retenido.
Y al dejar de contar lo que sucede,
de esperar lo que nunca llegó,
comprendo que el tiempo soy yo…
cuando olvido el instante que me precede.
V. LA SERENIDAD
El Faro Interior
He soltado mi carga, y ahora entiendo
que el peso no era el mundo, sino el miedo;
la calma no es un puerto ni un remedo,
es el faro interior que voy tejiendo.
Las sombras que acechaban ya son mías,
les di hogar, las miré sin resistencia;
y al volverme su dueño, la existencia
se tornó claridad en mis umbrías.
Libre soy, no por huir de la tormenta,
sino por ser la roca en que descansa;
mi paz no está en el viento ni en la lanza,
sino en mi ser que fluye y se sustenta.
Amo el ahora, y sé que lo que viene
es fruto de mi luz, que no se extingue.
La quietud que sostiene
No necesito comprenderlo todo
para estar en paz con lo que soy;
hay una forma serena de hoy
en la que el alma descansa en su modo.
Ya no lucho con lo que aparece,
ni intento torcer lo que llega;
cada instante que vive y se entrega
en mi interior simplemente crece.
He aprendido a no resistir
lo que fluye sin pedir permiso;
a dejar que el ahora, sin juicio,
me enseñe su forma de existir.
Y en esa quietud que no impongo,
que no busco, que no persigo,
descubro que siempre conmigo
ha estado el lugar al que vengo.