Oíd, señores del mundo,
mercaderes y labranzas,
escuchad este cantar
que trae verdades amargas.
No vengo hablando de reyes
ni de lejanas cruzadas,
sino del tiempo presente
que consume nuestras almas.
Nunca hubo tantos caminos
ni voces tan enlazadas,
y jamás estuvo el hombre
tan perdido entre pantallas.
Se levantaron ciudades
de cristal y luces blancas,
tocando casi las nubes
con sus desmedidas alas.
Los sabios doman los cielos,
cruzan mares sin distancia,
mas no consiguen curarse
las heridas de sus ansias.
Tiene pan el poderoso,
y el pobre migas escasas;
uno se ahoga en excesos,
otros... en silenciosa desgracia.
Hablan todos al instante,
mas pocos de veras hablan;
se multiplican las voces
y muere el alma en la plaza.
Muchos venden su alegría
por monedas disfrazadas,
persiguiendo sombras breves
que el tiempo vuelve ceniza amarga.
Olvidó el hombre mirarse
cuando el mañana lo abraza,
y escuchar cómo en su pecho
la vida sencilla canta.
Corren todos tras la prisa,
sin saber qué buscan tanto;
y en el ruido de los días
se marchita lo sagrado.
Mas no todo está perdido,
ni la esperanza apagada,
pues aún florecen silencios
en corazones que aman.
Aún existe quien contempla
la lluvia caer calmada,
quien comparte su pan duro
y alivia penas calladas.
Aún quedan viejos poetas,
jardineros de palabras,
que recuerdan a los hombres
la verdad que el tiempo tapa.
Por eso cierro el romance
mientras la noche se alarga:
no hay progreso verdadero
si el espíritu se desgasta.
Que de nada sirve al hombre
dominar tierras lejanas,
si al mirarse en el espejo
desconoce su mirada.