Discutieron, como tantas otras veces. Pero ahora, algo había cambiado: ella no había quedado
temblorosa y mustia como un pájaro aterido, y él no había sentido la impotencia del fracaso. Sin más
que decir, cada uno tomó su camino.
A ella, una amiga le sugirió que emprendiera un viaje para aclarar la mente y descansar.
Él, caminando sin rumbo, al pasar por una agencia de viajes, vio un cartel que decía: "Pasajes a Gracia Marina, la pintoresca ciudad junto al mar, donde encontrará..."
A la tarde siguiente, llegó a la ciudad marítima. El otoño ya se hacía sentir, y un viento frío se ensañaba con las hojas secas haciéndolas volar sin control. La Estación de buses estaba repleta de viajeros que iban y venían con impaciencia.
De repente, vio unos ojos muy abiertos que, con mirada desorientada, parecían buscar la salida entre la multitud. Él se acercó como pudo. Ella lo vio y no pudo disimular la sorpresa. Se miraron largamente, sin hablar, sin entender cómo habían llegado ambos a ese lugar tan lejano, el mismo día, casi a la misma hora.
Ella pensó que eso era lo que llamaban "destino".
Él, azorado, escudriñó en su interior hasta que encontró un resquicio de voz para invitarla a tomar un café...
Que nos una la conciencia y el deseo de amar.
Le envío un saludo desde mi humilde Habana