En esa lejanía
dónde respira el alma,
donde hasta el corazón
parece detenerse.
Allí conversa el viento
con voces invisibles;
allí el tiempo se inclina
y el silencio florece.
No existe la prisa
ni el peso de las horas;
tan solo la caricia
del aire entre las hojas.
Y aprende el caminante,
sin buscar las respuestas,
que basta con el instante
para colmar la existencia.