¿Cuánto ha bebido de mi sangre la noche,
de mi médula fría y tiesa como un mármol
que reposa a las sombras del sol?
Con pasos lánguidos se voltea la tierra
para mostrarme el légamo de los cielos,
para ofrendar su impúdico pecho de meretriz sin techo,
una y otra vez, el mismo árido seno.
¡Ay! Mi ébano divino,
de púas vendadas de ojos de ocre
y retazos enlutados de silencios,
no me cobijas en esta negrura de fenecidos albores.
¿Dónde te encuentras en estos momentos
que Dios dejó a los títeres
sin cabeza
y cortó toda cuerda
que maneja la mano de la compasión?
En las frondosidades de las ascuas
de mil lamentos
se escucha el aullido de la luna en celo,
y yo como un lobezno lacerado
que se postra ante el fulgor de la memoria del tiempo
busco yacer en la fértil lactancia
de la cicuta de tu íntimo sexo.