Las cinco de la tarde,
el café frío sobre el escritorio
y la hoja en blanco
sin un indicio de traducir sueño alguno.
El cenicero colmado
de chamuscadas ideas,
musas pálidas y cenizas de memorias.
Busco un recuerdo lejano
algún sudario de piel y rocío,
alguna palpitación de nube,
de cielo,
de noche,
de ascuas de estrellas…
que prendan los leños de mi historia.
Busco el retrato de la espiga en verano,
el sagrado cáliz
derramado en el horizonte de unos labios,
el mechón de estambre
con el que se domestican mis felinos salvajes.
Pero no me percato que son las cinco de la tarde,
tal vez si hubiese sido las diez
o las doce de la noche
seguramente podría encontrar algo,
algún deseo perdido bajo el tapete
o al jardín sin flores donde enterré el corazón.