Una flor se viste de rocío otoñal
para llorar la forma de las lágrimas.
Un náufrago nada hasta el cauce
del olvido del mar.
Un caracol navega
contracorriente
con la meta de alcanzar lo que fueron una vez
sus espejismos y quimeras
de islas, arena,
espuma y sal.
Una golondrina viaja detrás del trino
de las campanas
del nublado cielo y su infinito silencio.
Una nereida busca los orígenes de sus sueños
hasta encallar en el puerto de un bar,
en los vasos sin fondo de los ebrios marineros
del azar.
Así las horas pasean
por las veredas de la historia desierta,
se acuestan en un banco de la plaza de una niñez baldía
junto a sus anhelos de arboledas
que extrañan
su desflorado semblante de hojas secas.
Las nubes se ensimisman
en una ecuación que da el producto
del rostro de la Gristenia,
y el tiempo caprichoso
se dedica escribir...
su almanaque de vacíos y tristezas.