Évano
Libre, sin dioses.
Claudio Marcelo ejercía el consulado por tercera vez. En una de las dos anteriores ocasiones había servido en Iberia, y ya conocía el carácter y la belicosidad de los indígenas, pero también sabía que entre ellos las disputas eran habituales, y que si era capaz de manejar bien las disputas que los enfrentaban le sería fácil ahondar en sus discordias, y así sería mucho menos difícil su sometimiento definitivo.
*Página 98 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
—El cónsul Claudio es muy inteligente —comentó Aracos a Marco mientras caminaba de regreso a Ocilis por el curso del río Jalón—, por lo que se ha asegurado la ruta más directa hacia el corazón de Celtiberia, y con su propuesta ha logrado las dudas y las discrepancias entre los celtíberos. Nobilor era un hombre impulsivo que estaba convencido que con sólo con mencionar el nombre de Roma era posible ganar una batalla; se equivocó. Claudio es mucho más sagaz, utiliza un arma contra la que los celtíberos no tenemos defensa.
¿Cuál es esa arma? —preguntó Marco.
—La ambigüedad.
*Página 102 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
El mundo está convulso. Roma** ha decidido ser su dueña y mientras haya pueblos que no lo admitan, la guerra, el dolor y la muerte serán las compañeras habituales de los hombres.
** Cámbiese Roma por cualquier país actual con aspiraciones semejantes (nota mía).
*Página 308 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
—¿Libertad? ¿Acaso crees que aquí somos libres?
Aregodas miró a Aracos. Le puso la mano en el hombro y le dijo:
¿Y tú me preguntas eso? ¿Qué crees que eres cuando cabalgas con Viento persiguiendo a un corzo, o cuando paseas por la vereda del Duero intentando pescar algún pez, o cuando decidiste dejarlo todo para luchar por esto? Eres libre; somos libres, aunque ahí fuera estén todos los romanos, todas esas malditas legiones con sus orgullosos estandartes y sus brillantes insignias doradas, con sus ufanos generales cubiertos de entorchados y con toda su maquinaria de guerra. Mientras tengamos la capacidad de sostener una espada en nuestras manos, mientras sea así, seremos libres. No conozco qué otra cosa puede ser la libertad para un celtíbero.
*Página 344 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
Ante sus ojos, la vieja Celtiberia se estaba partiendo en dos; en la citerior, en la región oriental, más culta y pacífica, predominaba la presencia muy intensa de todo lo romano, en tanto en la ulterior, en las sierras del oeste, seguía pujante el espíritu indomable que años atrás también tuvieran belos, titos y lusones, y que ahora quedaba exclusivamente encarnado en los arévacos.
*Página 377 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
—Roma no es enemiga de tu gente; pretendemos traer la civilización para que salgáis de la barbarie.
—¿Explotando nuestras minas?, ¿recaudando nuestro oro y nuestra plata?, ¿apoderándoos de nuestros cultivos?, ¿sometiendo a la esclavitud a nuestros jóvenes? Vosotros los romanos tenéis un concepto muy peculiar de la civilización —repuso Aracos.
*Página 523 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
*Página 98 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
—El cónsul Claudio es muy inteligente —comentó Aracos a Marco mientras caminaba de regreso a Ocilis por el curso del río Jalón—, por lo que se ha asegurado la ruta más directa hacia el corazón de Celtiberia, y con su propuesta ha logrado las dudas y las discrepancias entre los celtíberos. Nobilor era un hombre impulsivo que estaba convencido que con sólo con mencionar el nombre de Roma era posible ganar una batalla; se equivocó. Claudio es mucho más sagaz, utiliza un arma contra la que los celtíberos no tenemos defensa.
¿Cuál es esa arma? —preguntó Marco.
—La ambigüedad.
*Página 102 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
El mundo está convulso. Roma** ha decidido ser su dueña y mientras haya pueblos que no lo admitan, la guerra, el dolor y la muerte serán las compañeras habituales de los hombres.
** Cámbiese Roma por cualquier país actual con aspiraciones semejantes (nota mía).
*Página 308 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
—¿Libertad? ¿Acaso crees que aquí somos libres?
Aregodas miró a Aracos. Le puso la mano en el hombro y le dijo:
¿Y tú me preguntas eso? ¿Qué crees que eres cuando cabalgas con Viento persiguiendo a un corzo, o cuando paseas por la vereda del Duero intentando pescar algún pez, o cuando decidiste dejarlo todo para luchar por esto? Eres libre; somos libres, aunque ahí fuera estén todos los romanos, todas esas malditas legiones con sus orgullosos estandartes y sus brillantes insignias doradas, con sus ufanos generales cubiertos de entorchados y con toda su maquinaria de guerra. Mientras tengamos la capacidad de sostener una espada en nuestras manos, mientras sea así, seremos libres. No conozco qué otra cosa puede ser la libertad para un celtíbero.
*Página 344 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
Ante sus ojos, la vieja Celtiberia se estaba partiendo en dos; en la citerior, en la región oriental, más culta y pacífica, predominaba la presencia muy intensa de todo lo romano, en tanto en la ulterior, en las sierras del oeste, seguía pujante el espíritu indomable que años atrás también tuvieran belos, titos y lusones, y que ahora quedaba exclusivamente encarnado en los arévacos.
*Página 377 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.
—Roma no es enemiga de tu gente; pretendemos traer la civilización para que salgáis de la barbarie.
—¿Explotando nuestras minas?, ¿recaudando nuestro oro y nuestra plata?, ¿apoderándoos de nuestros cultivos?, ¿sometiendo a la esclavitud a nuestros jóvenes? Vosotros los romanos tenéis un concepto muy peculiar de la civilización —repuso Aracos.
*Página 523 del libro Numancia (narrativas históricas Edhasa), de José Luis Corral Lafuente.