poetakabik
Poeta veterano en el portal
Me dijiste: «te amo»,
y mis ojos te miraban
con una sonrisa dulce
que el corazón no ocultaba.
Caminábamos despacio
por la orilla de la playa,
esa senda que las olas
besan cuando el mar descansa.
Nuestras huellas iban naciendo
sobre la arena mojada,
mientras el viento marino
tu nombre al aire llevaba.
Yo miraba el horizonte
de aquel azul que no acaba,
mientras tu voz me envolvía
como una brisa callada.
De vez en cuando tus ojos
se cruzaban con mi alma,
tan claros como la mar,
tan hondos que me atrapaban.
Abismos llenos de luz
donde mi ser se asomaba,
como quien entra en silencio
al museo de la dicha.
Guardaba cada momento,
cada gesto, cada palabra,
como quien guarda un tesoro
que el tiempo nunca desgasta.
Las olas rompían suaves
bajo las plantas cansadas,
dejando un leve hormigueo
que a la vida me llamaba.
No era sueño ni ilusión
ni fantasía del alma:
estabas allí conmigo
caminando por la playa.
El sol bajaba despacio
pintando el cielo de grana,
y su paleta de ocaso
de claroscuros se armaba.
Miré detrás de nosotros
la senda que se borraba,
pues la espuma de las olas
acariciaba la playa.
Pero seguimos andando
con nuestras manos enlazadas,
frente al viento y a los años
que la vida nos marcaba.
Horas, días y recuerdos
pasaron como bandadas,
y a las tormentas del tiempo
sonreíamos sin pausa.
Y hoy te pregunto en silencio
si esta senda te cansaba.
Y tus ojos me responden:
—Amor mío…
sigue caminando.
y mis ojos te miraban
con una sonrisa dulce
que el corazón no ocultaba.
Caminábamos despacio
por la orilla de la playa,
esa senda que las olas
besan cuando el mar descansa.
Nuestras huellas iban naciendo
sobre la arena mojada,
mientras el viento marino
tu nombre al aire llevaba.
Yo miraba el horizonte
de aquel azul que no acaba,
mientras tu voz me envolvía
como una brisa callada.
De vez en cuando tus ojos
se cruzaban con mi alma,
tan claros como la mar,
tan hondos que me atrapaban.
Abismos llenos de luz
donde mi ser se asomaba,
como quien entra en silencio
al museo de la dicha.
Guardaba cada momento,
cada gesto, cada palabra,
como quien guarda un tesoro
que el tiempo nunca desgasta.
Las olas rompían suaves
bajo las plantas cansadas,
dejando un leve hormigueo
que a la vida me llamaba.
No era sueño ni ilusión
ni fantasía del alma:
estabas allí conmigo
caminando por la playa.
El sol bajaba despacio
pintando el cielo de grana,
y su paleta de ocaso
de claroscuros se armaba.
Miré detrás de nosotros
la senda que se borraba,
pues la espuma de las olas
acariciaba la playa.
Pero seguimos andando
con nuestras manos enlazadas,
frente al viento y a los años
que la vida nos marcaba.
Horas, días y recuerdos
pasaron como bandadas,
y a las tormentas del tiempo
sonreíamos sin pausa.
Y hoy te pregunto en silencio
si esta senda te cansaba.
Y tus ojos me responden:
—Amor mío…
sigue caminando.