Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No eras para quedarte.
Lo supe
cuando te acercaste sin miedo
y me miraste como si ya supieras
lo que iba a pasar entre nosotros.
Había algo en ti…
no sé si era tu forma de caminar
o esa manera de sostener la mirada,
pero todo en ti
era una invitación sin palabras.
Y yo…
yo no estaba buscando nada.
O eso me repetía.
Hasta que tu cuerpo
se acercó al mío
y ya no hubo forma de mentirme.
Cuando te toqué
no fue un accidente.
Fue decisión.
Fue hambre.
Y tú respondiste
con esa calma peligrosa
de quien no se queda
pero sabe quedarse el tiempo suficiente
para marcar.
Te movías cerca,
demasiado cerca,
y el aire se hacía corto
entre tu piel y la mía.
Había electricidad,
de esa que no se controla,
de esa que baja por el cuerpo
y lo vuelve otro.
Yo ya venía cargando silencios,
pero contigo
todo se volvió presente.
Todo era ahora.
Todo era sensación.
Fuiste eso:
un ave de paso.
Pero cómo te quedaste…
en mis manos,
en mi espalda,
en la memoria exacta
de cada lugar donde te sentí.
No eras inocente.
Y yo tampoco.
Sabías lo que hacías
cuando te acercabas un poco más,
cuando tu respiración cambiaba,
cuando dejabas ese espacio mínimo
que pedía ser cruzado.
Y yo lo cruzaba.
Siempre.
No me hablaste de amor.
Me hablaste con el cuerpo.
Y yo entendí perfectamente.
Porque hay lenguajes
que los hombres aprendemos rápido
cuando la piel se enciende.
Y te creí…
sí, te creí.
Pero no con ilusiones,
sino con este deseo firme
que no necesita promesas.
El problema
es que el cuerpo se acostumbra.
Se acostumbra al calor,
al peso,
a la forma exacta en que alguien encaja.
Y cuando te fuiste…
porque claro que te fuiste,
no hiciste ruido.
Solo dejaste tu ausencia
donde antes estabas tú,
todavía tibia,
todavía viva.
Uno quisiera hacerse el fuerte,
decir que no importa,
que fue solo un momento.
Pero no.
Hay encuentros
que no se repiten,
pero tampoco se olvidan.
Gracias por haber pasado.
Por haberme despertado
este fuego que no sabía que aún tenía.
Por haberme tocado
sin pedir permiso
y sin pedir después.
Porque hay mujeres
que no llegan para quedarse,
llegan para probarte,
para medirte,
para recordarte
que sigues siendo hombre
cuando alguien sabe mirarte así.
Y tú fuiste eso:
deseo sin futuro.
Ave de paso,
no te busco.
Pero a veces,
cuando la noche se alarga
y el cuerpo recuerda antes que la mente,
vuelves.
No como historia.
Como impulso.
Y entonces entiendo
que hay mujeres
que no viven en el recuerdo,
viven en la piel.
Y desde ahí…
uno no las pierde nunca.
Lo supe
cuando te acercaste sin miedo
y me miraste como si ya supieras
lo que iba a pasar entre nosotros.
Había algo en ti…
no sé si era tu forma de caminar
o esa manera de sostener la mirada,
pero todo en ti
era una invitación sin palabras.
Y yo…
yo no estaba buscando nada.
O eso me repetía.
Hasta que tu cuerpo
se acercó al mío
y ya no hubo forma de mentirme.
Cuando te toqué
no fue un accidente.
Fue decisión.
Fue hambre.
Y tú respondiste
con esa calma peligrosa
de quien no se queda
pero sabe quedarse el tiempo suficiente
para marcar.
Te movías cerca,
demasiado cerca,
y el aire se hacía corto
entre tu piel y la mía.
Había electricidad,
de esa que no se controla,
de esa que baja por el cuerpo
y lo vuelve otro.
Yo ya venía cargando silencios,
pero contigo
todo se volvió presente.
Todo era ahora.
Todo era sensación.
Fuiste eso:
un ave de paso.
Pero cómo te quedaste…
en mis manos,
en mi espalda,
en la memoria exacta
de cada lugar donde te sentí.
No eras inocente.
Y yo tampoco.
Sabías lo que hacías
cuando te acercabas un poco más,
cuando tu respiración cambiaba,
cuando dejabas ese espacio mínimo
que pedía ser cruzado.
Y yo lo cruzaba.
Siempre.
No me hablaste de amor.
Me hablaste con el cuerpo.
Y yo entendí perfectamente.
Porque hay lenguajes
que los hombres aprendemos rápido
cuando la piel se enciende.
Y te creí…
sí, te creí.
Pero no con ilusiones,
sino con este deseo firme
que no necesita promesas.
El problema
es que el cuerpo se acostumbra.
Se acostumbra al calor,
al peso,
a la forma exacta en que alguien encaja.
Y cuando te fuiste…
porque claro que te fuiste,
no hiciste ruido.
Solo dejaste tu ausencia
donde antes estabas tú,
todavía tibia,
todavía viva.
Uno quisiera hacerse el fuerte,
decir que no importa,
que fue solo un momento.
Pero no.
Hay encuentros
que no se repiten,
pero tampoco se olvidan.
Gracias por haber pasado.
Por haberme despertado
este fuego que no sabía que aún tenía.
Por haberme tocado
sin pedir permiso
y sin pedir después.
Porque hay mujeres
que no llegan para quedarse,
llegan para probarte,
para medirte,
para recordarte
que sigues siendo hombre
cuando alguien sabe mirarte así.
Y tú fuiste eso:
deseo sin futuro.
Ave de paso,
no te busco.
Pero a veces,
cuando la noche se alarga
y el cuerpo recuerda antes que la mente,
vuelves.
No como historia.
Como impulso.
Y entonces entiendo
que hay mujeres
que no viven en el recuerdo,
viven en la piel.
Y desde ahí…
uno no las pierde nunca.