Señalamos aquello que no entendemos,
como si al nombrarlo lo alejáramos;
y en ese gesto leve que lanzamos
nos protegemos de lo que no vemos.
Lo extraño nos despierta la sospecha,
rompe el molde seguro de lo nuestro;
y en vez de abrir la puerta a lo diverso,
levantamos fronteras sin respuesta.
Pero hay algo más hondo en ese acto,
una sombra que no quiere mirarse;
porque al otro, al distinto, señalarse
es negar lo que vive en nuestro pacto.
Y así vamos marcando las distancias,
dibujando un “nosotros” incompleto;
sin saber que en el fondo de ese gesto
late el miedo disfrazado de importancia.
Mas cuando uno se observa sin defensa,
y se mira sin juicio ni medida,
lo distinto se vuelve otra salida
y lo ajeno comienza a ser presencia.
Entonces ya no importa la diferencia,
ni la forma, ni el modo, ni el camino;
porque al verse uno mismo sin destino,
todo el otro se vuelve pertenencia.
como si al nombrarlo lo alejáramos;
y en ese gesto leve que lanzamos
nos protegemos de lo que no vemos.
Lo extraño nos despierta la sospecha,
rompe el molde seguro de lo nuestro;
y en vez de abrir la puerta a lo diverso,
levantamos fronteras sin respuesta.
Pero hay algo más hondo en ese acto,
una sombra que no quiere mirarse;
porque al otro, al distinto, señalarse
es negar lo que vive en nuestro pacto.
Y así vamos marcando las distancias,
dibujando un “nosotros” incompleto;
sin saber que en el fondo de ese gesto
late el miedo disfrazado de importancia.
Mas cuando uno se observa sin defensa,
y se mira sin juicio ni medida,
lo distinto se vuelve otra salida
y lo ajeno comienza a ser presencia.
Entonces ya no importa la diferencia,
ni la forma, ni el modo, ni el camino;
porque al verse uno mismo sin destino,
todo el otro se vuelve pertenencia.