Lo apartaron por ser distinto,
no por fallo, sino por exceso;
había en él un pulso más intenso
que no cabía en lo previsto.
Aprendió a mirar sin ser visto,
a escuchar más allá de las palabras;
y en el fondo de todas las miradas
descubría un temor no descrito.
Le enseñaron a vencer al otro,
a trazar su final sin temblor;
pero al verlo, sintió su interior
como un eco latiendo en sí mismo.
Y entonces todo cambió de nombre:
ya no era enemigo… era espejo;
y en ese instante tan hondo y complejo
se quebró la distancia del hombre.
Porque al otro, al distinto, entenderlo
es cruzar un umbral sin regreso;
ya no queda lugar para el peso
de querer, simplemente, vencerlo.
Y quedó en él una herida callada,
no de guerra, ni de destrucción;
sino de haber sentido en su acción
la vida del otro reflejada.
no por fallo, sino por exceso;
había en él un pulso más intenso
que no cabía en lo previsto.
Aprendió a mirar sin ser visto,
a escuchar más allá de las palabras;
y en el fondo de todas las miradas
descubría un temor no descrito.
Le enseñaron a vencer al otro,
a trazar su final sin temblor;
pero al verlo, sintió su interior
como un eco latiendo en sí mismo.
Y entonces todo cambió de nombre:
ya no era enemigo… era espejo;
y en ese instante tan hondo y complejo
se quebró la distancia del hombre.
Porque al otro, al distinto, entenderlo
es cruzar un umbral sin regreso;
ya no queda lugar para el peso
de querer, simplemente, vencerlo.
Y quedó en él una herida callada,
no de guerra, ni de destrucción;
sino de haber sentido en su acción
la vida del otro reflejada.