Odisea
Poeta recién llegado
El auto se detuvo bruscamente bajo una luz tenue de luna,
y una oscuridad ensordecedora...
La noche está aquietada, inmóvil, es una estatua,
aún más silenciosa, más penetrante.
Diviso el contorno de una persona
que se esfuma por la baja visibilidad de una neblina espesa.
Parece que se acerca o se aleja.
Mi cuerpo, que busca entender,
también es castigado por un miedo.
No un simple miedo, sino una emoción
que me remite a sitios oscuros,
con aroma de velas, sutil y efímero,
aunque desconcertante.
Regreso para intentar arreglar mi automóvil,
pero hay una presencia que me observa,
desde lejos o cerca,
y eso es lo más impactante.
Debo reconocer, entonces,
que aquella persona que vi tomó su rumbo y desapareció.
Con tranquilidad, encuentro la solución al fallo:
faltaba agua en el radiador.
Por suerte traigo conmigo un bidón.
Lo vierto lentamente,
y el campo inmenso se abre a mi alrededor,
con árboles que dibujan sombras,
aves que revolotean y se pierden en la neblina.
Mientras vierto el agua en el motor,
escucho a lo lejos —¡incluso cerca!—
el ruido de un instrumento de cuerda.
Es un violín, pero desafinado.
Estoy rígido, convertido en piedra.
El frío congela mi espalda,
con olor a tierra húmeda.
De repente, el violín suena fuerte,
detrás de mi oreja izquierda.
Giro ferozmente...
y no veo nada.
—¡Bu! ¿Te asustaste? —exclamó con un eco burlón.
—¡Qué demonios! ¡Por Dios! Marget... —susurró con voz quebrada.
—Creí que jamás volvería a verte... —murmuró con un temblor en la garganta.
—Cómo dices eso, mi amor... —respondió con un dejo de ternura espectral.
—Tu humor siempre me conquistó... —entonó como un canto lejano.
El hombre sonríe tímidamente,
pero su rostro se nubla.
La mujer se desfigura:
un hueco enorme en la cabeza,
sangre recorriendo su lado izquierdo.
De súbito desaparece.
---
Era su esposa fallecida en un accidente.
Él lo sabía, pero hasta este instante
no lo había aceptado.
Todo este tiempo convivió con esa presencia.
—Baah... ¿Qué más puede pasar? —susurró con resignación amarga.
El hombre aumenta la velocidad,
los ojos abiertos, exaltados.
En la curva final, un barranco.
Un violinista ríe macabramente,
sus notas desafinadas no cesan.
Avanza hacia la fosa...
y después ya no hay más historia que contar.
En realidad, solo yo podría,
Porque toco el violín.
y una oscuridad ensordecedora...
La noche está aquietada, inmóvil, es una estatua,
aún más silenciosa, más penetrante.
Diviso el contorno de una persona
que se esfuma por la baja visibilidad de una neblina espesa.
Parece que se acerca o se aleja.
Mi cuerpo, que busca entender,
también es castigado por un miedo.
No un simple miedo, sino una emoción
que me remite a sitios oscuros,
con aroma de velas, sutil y efímero,
aunque desconcertante.
Regreso para intentar arreglar mi automóvil,
pero hay una presencia que me observa,
desde lejos o cerca,
y eso es lo más impactante.
Debo reconocer, entonces,
que aquella persona que vi tomó su rumbo y desapareció.
Con tranquilidad, encuentro la solución al fallo:
faltaba agua en el radiador.
Por suerte traigo conmigo un bidón.
Lo vierto lentamente,
y el campo inmenso se abre a mi alrededor,
con árboles que dibujan sombras,
aves que revolotean y se pierden en la neblina.
Mientras vierto el agua en el motor,
escucho a lo lejos —¡incluso cerca!—
el ruido de un instrumento de cuerda.
Es un violín, pero desafinado.
Estoy rígido, convertido en piedra.
El frío congela mi espalda,
con olor a tierra húmeda.
De repente, el violín suena fuerte,
detrás de mi oreja izquierda.
Giro ferozmente...
y no veo nada.
—¡Bu! ¿Te asustaste? —exclamó con un eco burlón.
—¡Qué demonios! ¡Por Dios! Marget... —susurró con voz quebrada.
—Creí que jamás volvería a verte... —murmuró con un temblor en la garganta.
—Cómo dices eso, mi amor... —respondió con un dejo de ternura espectral.
—Tu humor siempre me conquistó... —entonó como un canto lejano.
El hombre sonríe tímidamente,
pero su rostro se nubla.
La mujer se desfigura:
un hueco enorme en la cabeza,
sangre recorriendo su lado izquierdo.
De súbito desaparece.
---
Era su esposa fallecida en un accidente.
Él lo sabía, pero hasta este instante
no lo había aceptado.
Todo este tiempo convivió con esa presencia.
—Baah... ¿Qué más puede pasar? —susurró con resignación amarga.
El hombre aumenta la velocidad,
los ojos abiertos, exaltados.
En la curva final, un barranco.
Un violinista ríe macabramente,
sus notas desafinadas no cesan.
Avanza hacia la fosa...
y después ya no hay más historia que contar.
En realidad, solo yo podría,
Porque toco el violín.