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El Eco de los Pasos Vacíos

MáxSinPais

Poeta recién llegado
En el jardín donde el tiempo se deshace,
bajo un cielo de ceniza y de olvido,
mi sombra busca el rastro de un latido
que en la penumbra del ayer se complace.
No hay voz que rompa el aire detenido,
ni mano que en la mía se entrelace;
todo es un eco sordo, un viejo nido
donde el silencio su amargura nace.

Las horas son agujas de un reloj de arena,
que caen sobre el alma con peso de granito,
esculpiendo en el pecho una mística pena,
un verso sin nombre, un eterno grito.
¿A dónde se fueron las luces del puerto?
¿Por qué este frío me invade la piel?
El mapa de mi vida es un mar desierto,
manchado de tinta, vinagre y de hiel.

Recuerdo el perfume de inviernos lejanos,
cuando el fuego aún ardía en el hogar,
y el calor de unos dedos rozando mis manos
prometía un refugio frente al ancho mar.
Pero hoy las ventanas son ojos cerrados,
el polvo descansa en el viejo sillón,
y los días transcurren como soldados
marchando al olvido de una vieja canción.

Me pierdo en pasillos de muros ausentes,
donde el espejo me devuelve a un extraño;
un rostro labrado por ríos de fuentes
que brotaron lentas, año tras año.
No busco consuelo, ni busco clemencia,
solo el derecho a mi propia quietud,
pues nada pesa tanto como la presencia
de la soledad en su plena virtud.

Y cuando la noche despliegue su manto,
y el último soplo se apague en mi sien,
que nadie recoja las flores del llanto,
que nadie pregunte si estuve yo bien.
Seré solo el rastro de un paso perdido,
una hoja seca que el viento arrastró,
el nombre secreto de lo que ha sido
y el breve suspiro que el aire olvidó.
 
En el jardín donde el tiempo se deshace,
bajo un cielo de ceniza y de olvido,
mi sombra busca el rastro de un latido
que en la penumbra del ayer se complace.
No hay voz que rompa el aire detenido,
ni mano que en la mía se entrelace;
todo es un eco sordo, un viejo nido
donde el silencio su amargura nace.

Las horas son agujas de un reloj de arena,
que caen sobre el alma con peso de granito,
esculpiendo en el pecho una mística pena,
un verso sin nombre, un eterno grito.
¿A dónde se fueron las luces del puerto?
¿Por qué este frío me invade la piel?
El mapa de mi vida es un mar desierto,
manchado de tinta, vinagre y de hiel.

Recuerdo el perfume de inviernos lejanos,
cuando el fuego aún ardía en el hogar,
y el calor de unos dedos rozando mis manos
prometía un refugio frente al ancho mar.
Pero hoy las ventanas son ojos cerrados,
el polvo descansa en el viejo sillón,
y los días transcurren como soldados
marchando al olvido de una vieja canción.

Me pierdo en pasillos de muros ausentes,
donde el espejo me devuelve a un extraño;
un rostro labrado por ríos de fuentes
que brotaron lentas, año tras año.
No busco consuelo, ni busco clemencia,
solo el derecho a mi propia quietud,
pues nada pesa tanto como la presencia
de la soledad en su plena virtud.

Y cuando la noche despliegue su manto,
y el último soplo se apague en mi sien,
que nadie recoja las flores del llanto,
que nadie pregunte si estuve yo bien.
Seré solo el rastro de un paso perdido,
una hoja seca que el viento arrastró,
el nombre secreto de lo que ha sido
y el breve suspiro que el aire olvidó.
A veces uno se resigna a ser un rastro perdido, un suspiro olvidado.

Saludos
 

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