El cerezo baña la aurora con su aliento de nieve,
enciende en sus ramas un rubor de nácar,
el rocío despierta su cristal frescor.
Es el privilegio de un árbol
que el cielo ha decidido desgranar
en flores blancas sobre el verdor.
Los pétalos, náufragos al viento,
alean en un salmo de colores silenciosos;
el paisaje se rinde ante la pincelada
de un pintor sobre un lienzo de soñador.
Las ramas aladas, dedos de plata,
trazan pentagramas en la brisa;
los brotes melosos tocan arpegios de ámbar,
los pájaros traducen su dicha
en trinos vestidos de sonrisas.
Bajo este palio de esplendor y vida,
el tiempo se rinde: el día se detiene
a descansar entre las jóvenes yerbas.
Cuando el mundo fatiga con su ruido vano,
la quietud del cerezo ofrece su asilo de cantos.
Habla el sol con el radiante prado,
mudando el oro en hilos perlados,
las flores son astros prodigando destellos.
Me guardo esta imagen,
de este templo hermoso y efímero:
el árbol de blanco pleno, la vida en flor
y la paz que me devuelve su nombre.
*****
enciende en sus ramas un rubor de nácar,
el rocío despierta su cristal frescor.
Es el privilegio de un árbol
que el cielo ha decidido desgranar
en flores blancas sobre el verdor.
Los pétalos, náufragos al viento,
alean en un salmo de colores silenciosos;
el paisaje se rinde ante la pincelada
de un pintor sobre un lienzo de soñador.
Las ramas aladas, dedos de plata,
trazan pentagramas en la brisa;
los brotes melosos tocan arpegios de ámbar,
los pájaros traducen su dicha
en trinos vestidos de sonrisas.
Bajo este palio de esplendor y vida,
el tiempo se rinde: el día se detiene
a descansar entre las jóvenes yerbas.
Cuando el mundo fatiga con su ruido vano,
la quietud del cerezo ofrece su asilo de cantos.
Habla el sol con el radiante prado,
mudando el oro en hilos perlados,
las flores son astros prodigando destellos.
Me guardo esta imagen,
de este templo hermoso y efímero:
el árbol de blanco pleno, la vida en flor
y la paz que me devuelve su nombre.
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