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Por envidiarte

Annehiver

Poeta recién llegado
Mecenas
Antes de ti, solía quedarme sentada en el vagón hasta que la línea daba la vuelta. Una mañana, cuando una mujer me tocó el hombro para avisarme, le dije que me había pasado mi parada y volví a dislocar la mirada. Los días siguientes buscaba nerviosa esos mismos ojos con pudor. Sabría que miento si volviese a encontrarme allí sentada. Quizá me confundiría con un espectro que solo ella podía ver.

Ese lunes lo escuché de casualidad: “Circulación interrumpida entre las estaciones de Plaza de España y Batán, en ambos sentidos, por asistencia sanitaria. Se prevé un tiempo de solución de más de una hora, disculpen las molestias.”

Corrí con una prisa que no era mía. Llegué con la respiración entrecortada y la culpa de un voyeur. No puedo explicar la esperanza que me invadió. Había mucha gente a tu alrededor y el metro permanecía parado con solo unos vagones asomando fuera del túnel. Quedaba alguien en el asiento del conductor. Imposible ver dónde terminaba esa mirada. No estaba allí aunque su cuerpo pesara. Tú tampoco estabas, y me pregunté cómo podías haberte ido tan rápido, adónde te habían llevado. Tus entrañas te habían abandonado y seguían en los raíles. El cubo de agua sonaba al golpearlos. Una cadena de personas: llena, pasa, vacía.

Me maldije por envidiarte.

Nunca había experimentado el silencio en una estación llena. Tantas manos alrededor de la escena. La mitad de caras, con una expresión que no había visto desde que en el colegio pasaba algo malo, malo de verdad, que se delataba por las comisuras de los labios de los adultos, más marcadas y desinfladas. Con guantes blancos de látex, repitiendo un movimiento que recordaba al de las señoras de pueblo refrescando el patio en verano; quien te limpiaba lo hacía con cierta soltura. Intentaba no mirarte. Aunque tú ya no estuvieses allí, sí lo estaba tu sangre parda. Se quedó como un charco que apenas llamaba la atención en el negror del suelo. A ella solo se le veían los brazos y la cabeza por encima del bordillo. Allí abajo no tenía cómplices.

En un instante me golpeó mi propia insolencia. No sé si saltaste o caíste. Escribo como si la decisión hubiera sido tuya porque necesito creer que lo fue. Luego recordé qué día era. El primer lunes de marzo. ¿Podría la ausencia de comienzo haberte salvado la vida?

Se prevé que el tiempo de solución sea de más de una hora.

La de la sangre y las vísceras. Solución jabonosa. Disculpen el olor a metal y lejía. Disculpen la desconsideración.

Te busqué con palabras distintas. No había rastro de ti: ni muerto ni vivo. Ni una sola prueba. Una migaja de ser. Nada. Lo hice a diario durante varias semanas. Sigo acordándome cuando paso por allí, pero ya no busco.

El mismo día en que perdí la esperanza de saberte, decidí escribirte.

Escribí que alguien miraba a través, sentado en el asiento del conductor. Mentí. La cabina estaba vacía cuando llegué. Después, sí, un operario recorrió la vía despacio, con un cuidado de lo más ilógico. Me pregunté si seguías en los bajos de ese tren, si fue un golpe o te arrolló, si cabía la posibilidad de que hubieras sobrevivido sin toda esa sangre. Si ese hombre que procesionaba era el mismo que te mató. ¿Dónde estaría él mientras yo miraba el cubo vaciarse? Si habrá vuelto a conducir por la misma línea o si pidió cambio de ruta. Y si eso sirvió para dejar de verte.

Lo busqué como te busqué a ti. Y a diferencia de ti, aunque no a él, encontré a otros. No se olvida tan fácil la complicidad de una muerte.

El recuerdo no entiende de voluntad, de sin quereres. Es la última persona que te miró, la última en ver tu cara decidida, o quizá unos ojos cerrados con fuerza esperando el impacto. Siendo justos, tú le pusiste en esa situación. Te culpo. Te entiendo. Quizá lo que lo hace posible es no registrar el acto como incompatible con la vida. Saltar un escalón, engañar al cerebro con una altura irrisoria. Puede que fuese la última vez que pediste ayuda. Y quizá, de soslayo, también miraste.

Uno de ellos presenció ocho muertes como la tuya a lo largo de su carrera. Estuvo a punto de matarse él. No lo hizo al recordar la imagen de su hija, pero no volvió a coger un tren.

¿Cuál será el último tren que se lleve la última lasca que queda de ti?

Vuelve el pensamiento de estar rellenando huecos de lo que vi con lo que a mi cabeza le resulta familiar.

Me niego a aceptar que pudieras parar un tren, astillar la vida de quien lo conduce, ensuciar a quien te limpia, todo eso sin que una sola línea atestigüe que has estado aquí. Que has estado en esa vía esperando,

como tantos y tantas.

Hoy vuelve a ser lunes y ya no huele a lejía. Ni entornando los ojos se aprecia la mancha que dejaste. La gente espera con la mirada en la pantalla en el último lugar en el que esperaste. Me sigo preguntando dónde estás, aunque ya haya rellenado los huecos sin querer, queriendo. Un homenaje egoísta es el único que cabe en el silencio. He pensado en llevar flores a esa altura del andén, que se sepa que es una tumba. Pero la resignación me ha reconcomido como a todos los demás. Esa prisa que dije que no era mía.

Era mía.
 
Antes de ti, solía quedarme sentada en el vagón hasta que la línea daba la vuelta. Una mañana, cuando una mujer me tocó el hombro para avisarme, le dije que me había pasado mi parada y volví a dislocar la mirada. Los días siguientes buscaba nerviosa esos mismos ojos con pudor. Sabría que miento si volviese a encontrarme allí sentada. Quizá me confundiría con un espectro que solo ella podía ver.

Ese lunes lo escuché de casualidad: “Circulación interrumpida entre las estaciones de Plaza de España y Batán, en ambos sentidos, por asistencia sanitaria. Se prevé un tiempo de solución de más de una hora, disculpen las molestias.”

Corrí con una prisa que no era mía. Llegué con la respiración entrecortada y la culpa de un voyeur. No puedo explicar la esperanza que me invadió. Había mucha gente a tu alrededor y el metro permanecía parado con solo unos vagones asomando fuera del túnel. Quedaba alguien en el asiento del conductor. Imposible ver dónde terminaba esa mirada. No estaba allí aunque su cuerpo pesara. Tú tampoco estabas, y me pregunté cómo podías haberte ido tan rápido, adónde te habían llevado. Tus entrañas te habían abandonado y seguían en los raíles. El cubo de agua sonaba al golpearlos. Una cadena de personas: llena, pasa, vacía.

Me maldije por envidiarte.

Nunca había experimentado el silencio en una estación llena. Tantas manos alrededor de la escena. La mitad de caras, con una expresión que no había visto desde que en el colegio pasaba algo malo, malo de verdad, que se delataba por las comisuras de los labios de los adultos, más marcadas y desinfladas. Con guantes blancos de látex, repitiendo un movimiento que recordaba al de las señoras de pueblo refrescando el patio en verano; quien te limpiaba lo hacía con cierta soltura. Intentaba no mirarte. Aunque tú ya no estuvieses allí, sí lo estaba tu sangre parda. Se quedó como un charco que apenas llamaba la atención en el negror del suelo. A ella solo se le veían los brazos y la cabeza por encima del bordillo. Allí abajo no tenía cómplices.

En un instante me golpeó mi propia insolencia. No sé si saltaste o caíste. Escribo como si la decisión hubiera sido tuya porque necesito creer que lo fue. Luego recordé qué día era. El primer lunes de marzo. ¿Podría la ausencia de comienzo haberte salvado la vida?

Se prevé que el tiempo de solución sea de más de una hora.

La de la sangre y las vísceras. Solución jabonosa. Disculpen el olor a metal y lejía. Disculpen la desconsideración.

Te busqué con palabras distintas. No había rastro de ti: ni muerto ni vivo. Ni una sola prueba. Una migaja de ser. Nada. Lo hice a diario durante varias semanas. Sigo acordándome cuando paso por allí, pero ya no busco.

El mismo día en que perdí la esperanza de saberte, decidí escribirte.

Escribí que alguien miraba a través, sentado en el asiento del conductor. Mentí. La cabina estaba vacía cuando llegué. Después, sí, un operario recorrió la vía despacio, con un cuidado de lo más ilógico. Me pregunté si seguías en los bajos de ese tren, si fue un golpe o te arrolló, si cabía la posibilidad de que hubieras sobrevivido sin toda esa sangre. Si ese hombre que procesionaba era el mismo que te mató. ¿Dónde estaría él mientras yo miraba el cubo vaciarse? Si habrá vuelto a conducir por la misma línea o si pidió cambio de ruta. Y si eso sirvió para dejar de verte.

Lo busqué como te busqué a ti. Y a diferencia de ti, aunque no a él, encontré a otros. No se olvida tan fácil la complicidad de una muerte.

El recuerdo no entiende de voluntad, de sin quereres. Es la última persona que te miró, la última en ver tu cara decidida, o quizá unos ojos cerrados con fuerza esperando el impacto. Siendo justos, tú le pusiste en esa situación. Te culpo. Te entiendo. Quizá lo que lo hace posible es no registrar el acto como incompatible con la vida. Saltar un escalón, engañar al cerebro con una altura irrisoria. Puede que fuese la última vez que pediste ayuda. Y quizá, de soslayo, también miraste.

Uno de ellos presenció ocho muertes como la tuya a lo largo de su carrera. Estuvo a punto de matarse él. No lo hizo al recordar la imagen de su hija, pero no volvió a coger un tren.

¿Cuál será el último tren que se lleve la última lasca que queda de ti?

Vuelve el pensamiento de estar rellenando huecos de lo que vi con lo que a mi cabeza le resulta familiar.

Me niego a aceptar que pudieras parar un tren, astillar la vida de quien lo conduce, ensuciar a quien te limpia, todo eso sin que una sola línea atestigüe que has estado aquí. Que has estado en esa vía esperando,

como tantos y tantas.

Hoy vuelve a ser lunes y ya no huele a lejía. Ni entornando los ojos se aprecia la mancha que dejaste. La gente espera con la mirada en la pantalla en el último lugar en el que esperaste. Me sigo preguntando dónde estás, aunque ya haya rellenado los huecos sin querer, queriendo. Un homenaje egoísta es el único que cabe en el silencio. He pensado en llevar flores a esa altura del andén, que se sepa que es una tumba. Pero la resignación me ha reconcomido como a todos los demás. Esa prisa que dije que no era mía.

Era mía.
Una reflexión sobre el recuerdo, la culpa y la resignación.
Triste suceso.

Saludos
 

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