Uno no sabe exactamente
en qué momento comienza a perder a alguien.
No es el día en que se va.
Ni el último abrazo.
Ni siquiera el silencio.
Es antes.
Mucho antes.
Empieza cuando ya no te cuentan las cosas pequeñas,
cuando dejan de buscarte para tonterías,
cuando el amor se vuelve una costumbre cansada
que se sienta a fumar en la cocina.
Y uno se da cuenta tarde.
Porque el corazón es bruto.
Terco.
Le gusta quedarse donde todavía huele a esperanza,
aunque ya no viva nadie allí.
Yo te seguí queriendo así,
como quieren los perros abandonados:
sin dignidad
y moviendo la cola.
Te quise cuando ya estabas lejos,
cuando tus ojos empezaron a mirarme
como quien mira una ciudad desde el tren.
Y no te culpo.
A veces el amor se acaba
como se acaba la lluvia:
sin escándalo.
Lo terrible
es que uno sigue mojado.
Entonces aprende ciertas cosas.
Aprende que hay noches
en que la cama pesa más que el cuerpo.
Que un recuerdo puede entrar por la ventana
sin pedir permiso.
Y que el amor,
cuando no tiene dónde quedarse,
se pudre lentamente dentro de uno.
Pero aquí sigo.
Qué remedio.
Tomando café demasiado tarde,
hablándole solo a la madrugada,
esperando quién sabe qué milagro absurdo.
Porque el corazón,
aunque le expliquen todo,
nunca entiende nada.
en qué momento comienza a perder a alguien.
No es el día en que se va.
Ni el último abrazo.
Ni siquiera el silencio.
Es antes.
Mucho antes.
Empieza cuando ya no te cuentan las cosas pequeñas,
cuando dejan de buscarte para tonterías,
cuando el amor se vuelve una costumbre cansada
que se sienta a fumar en la cocina.
Y uno se da cuenta tarde.
Porque el corazón es bruto.
Terco.
Le gusta quedarse donde todavía huele a esperanza,
aunque ya no viva nadie allí.
Yo te seguí queriendo así,
como quieren los perros abandonados:
sin dignidad
y moviendo la cola.
Te quise cuando ya estabas lejos,
cuando tus ojos empezaron a mirarme
como quien mira una ciudad desde el tren.
Y no te culpo.
A veces el amor se acaba
como se acaba la lluvia:
sin escándalo.
Lo terrible
es que uno sigue mojado.
Entonces aprende ciertas cosas.
Aprende que hay noches
en que la cama pesa más que el cuerpo.
Que un recuerdo puede entrar por la ventana
sin pedir permiso.
Y que el amor,
cuando no tiene dónde quedarse,
se pudre lentamente dentro de uno.
Pero aquí sigo.
Qué remedio.
Tomando café demasiado tarde,
hablándole solo a la madrugada,
esperando quién sabe qué milagro absurdo.
Porque el corazón,
aunque le expliquen todo,
nunca entiende nada.