Agustín Nicolás
"El recuerdo es el idioma de los sentimientos"
Noche de mayo
El viento bufa,
arrea las nubes rosadas
de la moribunda tormenta,
sacude los árboles con furia
y seca, a golpes,
la calle y la vereda.
Frío y más frío,
frío que quema
y rompe las manos.
El látigo del viento
abofetea hasta sangrar
narices y gargantas.
La noche llora gotas heladas;
se inmolan en mi frente.
A lo lejos, el chirrido de una chapa suelta,
que no cesa,
parece pedir auxilio.
El viento chifla grueso,
la arboleda bufa
hasta aturdir los tímpanos,
y el temor acelera el pecho.
Y entre tanto bullicio,
se hace presente el silencio,
se hace gigante el silencio.
Debajo del techo de mi galería,
pienso
en mi perro, que se hace bolita en su cucha;
en la gallina, que gira su cabeza
y mete el pico en las plumas de su lomo;
en los pájaros, que aguantan el sacudón de la rama, allá en lo alto;
en vos, abuelo, que estás en el cemento donde todos terminaremos;
en todo aquel que no tenga un techo ni un abrigo, en sus manos encarnadas por el helor;
en todo aquel que esté escuchando el rugido del viento;
en los ojos del que estará leyendo esto;
Pienso en estas noches que serán de otros,
en ese otro, en este mismo lugar.
El reloj marca las 3:21 de la
madrugada.
4 °C.
El silencio me desgarra.
El viento bufa,
arrea las nubes rosadas
de la moribunda tormenta,
sacude los árboles con furia
y seca, a golpes,
la calle y la vereda.
Frío y más frío,
frío que quema
y rompe las manos.
El látigo del viento
abofetea hasta sangrar
narices y gargantas.
La noche llora gotas heladas;
se inmolan en mi frente.
A lo lejos, el chirrido de una chapa suelta,
que no cesa,
parece pedir auxilio.
El viento chifla grueso,
la arboleda bufa
hasta aturdir los tímpanos,
y el temor acelera el pecho.
Y entre tanto bullicio,
se hace presente el silencio,
se hace gigante el silencio.
Debajo del techo de mi galería,
pienso
en mi perro, que se hace bolita en su cucha;
en la gallina, que gira su cabeza
y mete el pico en las plumas de su lomo;
en los pájaros, que aguantan el sacudón de la rama, allá en lo alto;
en vos, abuelo, que estás en el cemento donde todos terminaremos;
en todo aquel que no tenga un techo ni un abrigo, en sus manos encarnadas por el helor;
en todo aquel que esté escuchando el rugido del viento;
en los ojos del que estará leyendo esto;
Pienso en estas noches que serán de otros,
en ese otro, en este mismo lugar.
El reloj marca las 3:21 de la
madrugada.
4 °C.
El silencio me desgarra.