Enamorados, nuestros ojos se admiraban con devoción,
con cariño, con avidez, con ilusión.
Nos hablábamos en silencio,
en ese idioma nuestro
que nunca necesitó palabras.
La piel se amaba con premura,
con una ternura casi triste.
Y los labios,
incapaces de despedirse,
seguían bailando sin descanso
aquella última danza.
Respiraciones agitadas.
Nudos en la garganta.
Ninguno podía hablar,
porque ambos escuchábamos
cómo el final respiraba tajantemente entre nosotros.
El sudor se desplomaba lentamente,
igual que nuestras ilusiones.
Las lágrimas, cargadas de cuita, se asomaban
rápidas pero tímidas,
como quien desea sufrir
sin hacer ruido.
Y aquellos latidos…
zumbidos mortales
anunciando algo más.
No te preocupes, amor mío.
Lo sé.
Lo siento.
Lo sabíamos,
lo callamos,
lo aplazamos.
Ya no queda nada por decir.
Solo abrázame en silencio
mientras el amor fenece
con cariño, con avidez, con ilusión.
Nos hablábamos en silencio,
en ese idioma nuestro
que nunca necesitó palabras.
La piel se amaba con premura,
con una ternura casi triste.
Y los labios,
incapaces de despedirse,
seguían bailando sin descanso
aquella última danza.
Respiraciones agitadas.
Nudos en la garganta.
Ninguno podía hablar,
porque ambos escuchábamos
cómo el final respiraba tajantemente entre nosotros.
El sudor se desplomaba lentamente,
igual que nuestras ilusiones.
Las lágrimas, cargadas de cuita, se asomaban
rápidas pero tímidas,
como quien desea sufrir
sin hacer ruido.
Y aquellos latidos…
zumbidos mortales
anunciando algo más.
No te preocupes, amor mío.
Lo sé.
Lo siento.
Lo sabíamos,
lo callamos,
lo aplazamos.
Ya no queda nada por decir.
Solo abrázame en silencio
mientras el amor fenece