Cómo describir lo absurdo

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
Lo absurdo siempre empieza en cosas pequeñas.
Una cucharilla olvidada en una taza vacía.
Una mujer que sonríe mientras se despide para siempre.
El ascensor tarda demasiado y uno, mientras espera, envejece apenas lo suficiente como para no reconocerse en el espejo del pasillo.

Después viene lo otro: la costumbre.
Porque nada hay más absurdo que acostumbrarse.
Acostumbrarse a una ausencia hasta ponerle cubiertos en la mesa.
Acostumbrarse al ruido de la ciudad como quien aprende a convivir con un corazón defectuoso.
Acostumbrarse a besar cuerpos pensando en otro nombre, o, peor todavía, a no pensar en nadie.

Lo absurdo no tiene la elegancia del caos ni el dramatismo de las tragedias.
Lo absurdo usa corbata, paga impuestos y pregunta “¿cómo estás?” sin esperar respuesta.
A veces aparece de madrugada, cuando uno abre la nevera sin hambre y descubre que la luz de adentro parece entenderlo mejor que cualquier persona.
Otras veces se sienta al borde de la cama y fuma nuestros cigarrillos imaginarios mientras enumera, con paciencia de verdugo, todas las veces que confundimos el amor con la compañía.

Y sin embargo seguimos.
Ahí está la parte verdaderamente ridícula del asunto, Seguimos haciendo café para dos aun viviendo solos.
Seguimos guardando mensajes viejos como quien conserva órganos inútiles dentro del pecho.
Seguimos prometiendo eternidades con esta terquedad humana de ignorar que incluso las estrellas se apagan.

Describir lo absurdo quizá sea eso:
mirar de frente la incoherencia de estar vivos, sentir miedo, perderlo todo… y aun así detenerse a contemplar cómo la lluvia resbala por una ventana como si el universo estuviera escribiendo algo únicamente para nosotros.
 
Lo absurdo siempre empieza en cosas pequeñas.
Una cucharilla olvidada en una taza vacía.
Una mujer que sonríe mientras se despide para siempre.
El ascensor tarda demasiado y uno, mientras espera, envejece apenas lo suficiente como para no reconocerse en el espejo del pasillo.

Después viene lo otro: la costumbre.
Porque nada hay más absurdo que acostumbrarse.
Acostumbrarse a una ausencia hasta ponerle cubiertos en la mesa.
Acostumbrarse al ruido de la ciudad como quien aprende a convivir con un corazón defectuoso.
Acostumbrarse a besar cuerpos pensando en otro nombre, o, peor todavía, a no pensar en nadie.

Lo absurdo no tiene la elegancia del caos ni el dramatismo de las tragedias.
Lo absurdo usa corbata, paga impuestos y pregunta “¿cómo estás?” sin esperar respuesta.
A veces aparece de madrugada, cuando uno abre la nevera sin hambre y descubre que la luz de adentro parece entenderlo mejor que cualquier persona.
Otras veces se sienta al borde de la cama y fuma nuestros cigarrillos imaginarios mientras enumera, con paciencia de verdugo, todas las veces que confundimos el amor con la compañía.

Y sin embargo seguimos.
Ahí está la parte verdaderamente ridícula del asunto, Seguimos haciendo café para dos aun viviendo solos.
Seguimos guardando mensajes viejos como quien conserva órganos inútiles dentro del pecho.
Seguimos prometiendo eternidades con esta terquedad humana de ignorar que incluso las estrellas se apagan.

Describir lo absurdo quizá sea eso:
mirar de frente la incoherencia de estar vivos, sentir miedo, perderlo todo… y aun así detenerse a contemplar cómo la lluvia resbala por una ventana como si el universo estuviera escribiendo algo únicamente para nosotros.
Me ha gustado como reflexiona sobre la naturaleza de lo absurdo.

Saludos hasta PR
 

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