victorialozano
Poeta recién llegado
Tiempo para filosofar
A veces la vida se queda quieta
aunque el reloj siga avanzando.
Las personas caminan, hablan, ríen,
los autos pasan, las luces se encienden,
el mundo parece no detenerse jamás…
pero dentro de uno
hay un instante silencioso
donde el alma pregunta cosas
que nadie sabe responder del todo.
¿Qué somos,
además de recuerdos intentando sobrevivir?
¿Qué es el amor
sino la necesidad de que alguien abrace
las partes nuestras que ni nosotros entendemos?
¿Y qué es el tiempo
sino una herida invisible
que al mismo tiempo destruye
y enseña a valorar?
He pensado muchas veces
que el ser humano vive corriendo
como si llegar fuera más importante que sentir.
Corremos detrás del dinero,
de los títulos,
de la aprobación,
de sueños enormes…
y olvidamos mirar el cielo
como cuando éramos niños
y todavía creíamos
que las estrellas escuchaban secretos.
Qué extraño es crecer.
Un día eres inocencia,
y al otro eres alguien
intentando reconstruirse
de cosas que jamás imaginó vivir.
Porque vivir también es perder.
Perder personas,
versiones de uno mismo,
lugares, momentos, promesas.
Y aun así,
después de cada caída,
el corazón insiste en seguir latiendo
como si conociera una esperanza
que la mente todavía no comprende.
Quizás filosofar sea eso:
sentarse frente al universo
con el alma desnuda
y aceptar que no tenemos todas las respuestas.
Tal vez nunca entendamos
por qué algunos amores duran poco
y dejan huellas eternas,
o por qué existen personas
que llegan solo para enseñarnos
que sentir demasiado
también puede doler hermoso.
Tal vez Dios no nos hizo
para comprenderlo todo,
sino para aprender a mirar con profundidad.
Porque quien mira profundo
encuentra poesía hasta en las ruinas.
Hay filosofía en una lágrima escondida.
En el silencio de alguien cansado.
En un “te extraño” jamás dicho.
En la nostalgia de una canción vieja.
En la última mirada antes de despedirse.
En las noches donde uno sonríe por fuera
mientras por dentro
se pregunta si realmente está viviendo
o simplemente sobreviviendo.
Y aun así…
qué milagro es existir.
Poder sentir el viento,
abrazar a quien amamos,
escuchar una voz querida,
reír hasta llorar,
mirar el amanecer después de una noche difícil
y descubrir
que el mundo siguió girando
aunque uno creyera que todo terminaba.
La vida no es perfecta.
Nunca lo será.
Pero quizás ahí está su belleza.
Las flores más hermosas
también se marchitan.
Los atardeceres duran minutos.
La juventud se va.
El tiempo arruga la piel,
pero madura el alma.
Y entonces entendemos
que la eternidad no siempre significa “para siempre”,
a veces significa
“lo suficiente para cambiarte la vida”.
Quizás por eso estamos aquí:
para amar aunque dé miedo,
para caer y levantarnos,
para dejar pequeñas huellas de luz
en un mundo lleno de personas
intentando no sentirse solas.
Y cuando llegue el final,
cuando todo lo material desaparezca
y solo quede el eco de quienes fuimos,
ojalá podamos decir:
“Viví.
Sentí profundamente.
Amé de verdad.
Y aunque no entendí el universo,
por un instante
el universo también habitó en mí.”
A veces la vida se queda quieta
aunque el reloj siga avanzando.
Las personas caminan, hablan, ríen,
los autos pasan, las luces se encienden,
el mundo parece no detenerse jamás…
pero dentro de uno
hay un instante silencioso
donde el alma pregunta cosas
que nadie sabe responder del todo.
¿Qué somos,
además de recuerdos intentando sobrevivir?
¿Qué es el amor
sino la necesidad de que alguien abrace
las partes nuestras que ni nosotros entendemos?
¿Y qué es el tiempo
sino una herida invisible
que al mismo tiempo destruye
y enseña a valorar?
He pensado muchas veces
que el ser humano vive corriendo
como si llegar fuera más importante que sentir.
Corremos detrás del dinero,
de los títulos,
de la aprobación,
de sueños enormes…
y olvidamos mirar el cielo
como cuando éramos niños
y todavía creíamos
que las estrellas escuchaban secretos.
Qué extraño es crecer.
Un día eres inocencia,
y al otro eres alguien
intentando reconstruirse
de cosas que jamás imaginó vivir.
Porque vivir también es perder.
Perder personas,
versiones de uno mismo,
lugares, momentos, promesas.
Y aun así,
después de cada caída,
el corazón insiste en seguir latiendo
como si conociera una esperanza
que la mente todavía no comprende.
Quizás filosofar sea eso:
sentarse frente al universo
con el alma desnuda
y aceptar que no tenemos todas las respuestas.
Tal vez nunca entendamos
por qué algunos amores duran poco
y dejan huellas eternas,
o por qué existen personas
que llegan solo para enseñarnos
que sentir demasiado
también puede doler hermoso.
Tal vez Dios no nos hizo
para comprenderlo todo,
sino para aprender a mirar con profundidad.
Porque quien mira profundo
encuentra poesía hasta en las ruinas.
Hay filosofía en una lágrima escondida.
En el silencio de alguien cansado.
En un “te extraño” jamás dicho.
En la nostalgia de una canción vieja.
En la última mirada antes de despedirse.
En las noches donde uno sonríe por fuera
mientras por dentro
se pregunta si realmente está viviendo
o simplemente sobreviviendo.
Y aun así…
qué milagro es existir.
Poder sentir el viento,
abrazar a quien amamos,
escuchar una voz querida,
reír hasta llorar,
mirar el amanecer después de una noche difícil
y descubrir
que el mundo siguió girando
aunque uno creyera que todo terminaba.
La vida no es perfecta.
Nunca lo será.
Pero quizás ahí está su belleza.
Las flores más hermosas
también se marchitan.
Los atardeceres duran minutos.
La juventud se va.
El tiempo arruga la piel,
pero madura el alma.
Y entonces entendemos
que la eternidad no siempre significa “para siempre”,
a veces significa
“lo suficiente para cambiarte la vida”.
Quizás por eso estamos aquí:
para amar aunque dé miedo,
para caer y levantarnos,
para dejar pequeñas huellas de luz
en un mundo lleno de personas
intentando no sentirse solas.
Y cuando llegue el final,
cuando todo lo material desaparezca
y solo quede el eco de quienes fuimos,
ojalá podamos decir:
“Viví.
Sentí profundamente.
Amé de verdad.
Y aunque no entendí el universo,
por un instante
el universo también habitó en mí.”