Cesia solan
Poeta recién llegado
Al final de todo, acaba siendo cierto: no hay más. Solo es lo que hay. Los amores por los que estabas segura de luchar mueren; las amistades en las que creías que podrías confiar toda la vida, al final te abandonan. Y entonces quedas tú, solo tú, y nadie más.
Sigo sin entender cómo se fracturan tan fácilmente las relaciones. No viven lo suficiente como para convertirse en raíces; al final, solo son hojas que, al llegar el otoño, al no tener de qué alimentarse, se marchitan.
Tan vacías, tan desechables, tan fugaces...
Y yo sigo sin perder la fe ni la esperanza de que, quizás, algún día pueda tener algo especial: una amistad profunda o una relación llena de amor, de ese amor que desborda.
Prometí mucho. Me prometí a mí misma y a mi mejor amigo que no iba a llorar por un hombre, y mírame aquí, volviendo a llorar, aceptando el final, queriéndolo tanto. Estaba tan dispuesta a cambiar y a luchar por él, sin entender que querer a alguien no siempre significa que eso sea suficiente para cambiar las cosas.
Y ahí estaba también mi dilema de salvadora: demostrar que soy alguien a quien pueden elegir, que estoy ahí, que nunca me iría, que seré amor, que seré calma, que seré hogar. Pero ¿de qué sirve demostrarlo toda una vida si quien no está dispuesto a amarme ni a tomar entre sus manos todo lo que soy jamás podrá verlo?
Tener que luchar por ser yo ante alguien más carece de valor y de sentido. Esta sociedad parece demasiado rota como para permitirse algo así; para tomar con valentía un corazón como el mío, mirar mis heridas, encontrar valor en ellas, y aun así considerarme hermosa.
Y yo seguí sin elegirme primero. Ese fue mi castigo: no valorarme lo suficiente para cortar de raíz desde la primera vez. Fui una cobarde en mi búsqueda de amor, por creer que era él con quien podría pasar mi vida.
Fui una cobarde al no enfrentarme a la verdad, por el simple hecho de querer resolverlo todo yo sola. Pero, ¿y si lo hubiera resuelto? Quizás estaríamos nuevamente atrapados en un mar de preguntas, en una inmensidad incierta ante la duda del amor, de la autenticidad. Y si así fuera, nadie terminaría de atreverse a amar, a desnudarse por completo para mostrar el alma más pura.
La libertad sin medida se ha vuelto nuestra condena. Y aun atada a eso, lo amé. Me sentí deseada, me sentí querida, y yo quería más de él.
Pero ahora solo cumplo mi penitencia ante una libertad que ya no es mía; ante el error de amar desmedidamente por encima de mí misma, incluso por encima de Dios.
Nada llenará estos vacíos más que yo. Pero ¿cómo sanaré si no tengo ningún lugar seguro? ¿Si no hay dónde caerme muerta? ¿Si ni siquiera veo algo firme en esta humanidad?
Sé que la respuesta es Dios. Pero aun así, sigo queriendo ser egoísta y amar a alguien más.
Soy tan debil ante la humanidad.
Sigo sin entender cómo se fracturan tan fácilmente las relaciones. No viven lo suficiente como para convertirse en raíces; al final, solo son hojas que, al llegar el otoño, al no tener de qué alimentarse, se marchitan.
Tan vacías, tan desechables, tan fugaces...
Y yo sigo sin perder la fe ni la esperanza de que, quizás, algún día pueda tener algo especial: una amistad profunda o una relación llena de amor, de ese amor que desborda.
Prometí mucho. Me prometí a mí misma y a mi mejor amigo que no iba a llorar por un hombre, y mírame aquí, volviendo a llorar, aceptando el final, queriéndolo tanto. Estaba tan dispuesta a cambiar y a luchar por él, sin entender que querer a alguien no siempre significa que eso sea suficiente para cambiar las cosas.
Y ahí estaba también mi dilema de salvadora: demostrar que soy alguien a quien pueden elegir, que estoy ahí, que nunca me iría, que seré amor, que seré calma, que seré hogar. Pero ¿de qué sirve demostrarlo toda una vida si quien no está dispuesto a amarme ni a tomar entre sus manos todo lo que soy jamás podrá verlo?
Tener que luchar por ser yo ante alguien más carece de valor y de sentido. Esta sociedad parece demasiado rota como para permitirse algo así; para tomar con valentía un corazón como el mío, mirar mis heridas, encontrar valor en ellas, y aun así considerarme hermosa.
Y yo seguí sin elegirme primero. Ese fue mi castigo: no valorarme lo suficiente para cortar de raíz desde la primera vez. Fui una cobarde en mi búsqueda de amor, por creer que era él con quien podría pasar mi vida.
Fui una cobarde al no enfrentarme a la verdad, por el simple hecho de querer resolverlo todo yo sola. Pero, ¿y si lo hubiera resuelto? Quizás estaríamos nuevamente atrapados en un mar de preguntas, en una inmensidad incierta ante la duda del amor, de la autenticidad. Y si así fuera, nadie terminaría de atreverse a amar, a desnudarse por completo para mostrar el alma más pura.
La libertad sin medida se ha vuelto nuestra condena. Y aun atada a eso, lo amé. Me sentí deseada, me sentí querida, y yo quería más de él.
Pero ahora solo cumplo mi penitencia ante una libertad que ya no es mía; ante el error de amar desmedidamente por encima de mí misma, incluso por encima de Dios.
Nada llenará estos vacíos más que yo. Pero ¿cómo sanaré si no tengo ningún lugar seguro? ¿Si no hay dónde caerme muerta? ¿Si ni siquiera veo algo firme en esta humanidad?
Sé que la respuesta es Dios. Pero aun así, sigo queriendo ser egoísta y amar a alguien más.
Soy tan debil ante la humanidad.