Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
He visto cosas que nadie guarda:
el último brillo de una sonrisa
antes de convertirse en recuerdo,
la pequeña valentía
que nace en las manos temblorosas,
el ruido que hace la esperanza
cuando abre una ventana cerrada.
He visto al tiempo
remendando las alas de los sueños rotos,
y a la lluvia escribiendo cartas
sobre los techos de la madrugada.
También encontré,
escondida entre dos silencios,
una semilla de luz
que alguien perdió al dejar de creer.
Desde entonces camino despacio.
Recojo abrazos olvidados,
pedazos de canciones,
preguntas sin respuesta
y sombras cansadas de huir.
Porque el mundo está lleno
de tesoros invisibles:
la bondad que nadie aplaude,
el perdón que nadie ve,
la lágrima que enseña a ser fuerte,
la mano que aparece
justo cuando todo parece caer.
Y he aprendido algo:
las cosas más importantes
casi nunca hacen ruido.
No tienen color de oro,
ni forma de trofeo,
ni ocupan espacio en los bolsillos.
Habitan, silenciosas,
en el corazón de quienes aún son capaces
de mirar más allá de lo evidente.
Tal vez por eso,
cuando alguien me pregunta
qué es lo más valioso que poseo,
abro las manos vacías
y sonrío.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
el último brillo de una sonrisa
antes de convertirse en recuerdo,
la pequeña valentía
que nace en las manos temblorosas,
el ruido que hace la esperanza
cuando abre una ventana cerrada.
He visto al tiempo
remendando las alas de los sueños rotos,
y a la lluvia escribiendo cartas
sobre los techos de la madrugada.
También encontré,
escondida entre dos silencios,
una semilla de luz
que alguien perdió al dejar de creer.
Desde entonces camino despacio.
Recojo abrazos olvidados,
pedazos de canciones,
preguntas sin respuesta
y sombras cansadas de huir.
Porque el mundo está lleno
de tesoros invisibles:
la bondad que nadie aplaude,
el perdón que nadie ve,
la lágrima que enseña a ser fuerte,
la mano que aparece
justo cuando todo parece caer.
Y he aprendido algo:
las cosas más importantes
casi nunca hacen ruido.
No tienen color de oro,
ni forma de trofeo,
ni ocupan espacio en los bolsillos.
Habitan, silenciosas,
en el corazón de quienes aún son capaces
de mirar más allá de lo evidente.
Tal vez por eso,
cuando alguien me pregunta
qué es lo más valioso que poseo,
abro las manos vacías
y sonrío.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados