Estás absorto en ti mismo,
como si el pensamiento te habitara
y tú solo fueras su eco.
Te detienes en el instante,
en ese borde invisible de la vida
donde todo parece suspenderse.
Las emociones te cruzan como viento,
te nublan,
te incendian,
te disuelven.
Y aún así,
persiste en ti un impulso antiguo:
despegar.
Observar la belleza desde lejos,
del otro lado del mundo posible,
donde todo parece más puro
porque aún no ha llegado
la imperfección del ramaje seco.
Pero no hay paso entre orillas,
solo la deriva del deseo,
solo la mirada extendida
hacia lo que no se deja alcanzar.
como si el pensamiento te habitara
y tú solo fueras su eco.
Te detienes en el instante,
en ese borde invisible de la vida
donde todo parece suspenderse.
Las emociones te cruzan como viento,
te nublan,
te incendian,
te disuelven.
Y aún así,
persiste en ti un impulso antiguo:
despegar.
Observar la belleza desde lejos,
del otro lado del mundo posible,
donde todo parece más puro
porque aún no ha llegado
la imperfección del ramaje seco.
Pero no hay paso entre orillas,
solo la deriva del deseo,
solo la mirada extendida
hacia lo que no se deja alcanzar.