Andrik Navarrete Arias
Poeta recién llegado
Para la tarde, como había un calor cómodo, salí a regar el patio. Al terminar, me percaté que en mi balde de agua había una polilla muerta. Esta me llamó nada más con su color; que bonita, que curiosa. Sus alas eran cromadas en plomo, mis ojos tocaron sus plomo tan fino, más parecía vidrio frágil y galante. Saqué la polilla con una hoja, la dejé en la tierra mojada. Un hálito de la luz del sol pegó por ahí, a la vez que merodeaban unas hormigas, esas eran negras, aunque noté un que otra roja y de tórax negro.
Me puse en cuclillas, esperé minutos. La naturaleza exige paciencia. Mientras, la vida se movía al alrededor, lejos de mi. Avispas surcaban como satélites, una de ellas aterrizó en el balde de agua, nada más usando las puntas de sus patas para sostenerse y beber de ahí.
Estuché a las palomas, aletearon y arreglaron en su propio globo. En el fondo de todo, un cenzontle cantó; me sentí afortunado de escuchar vivir estos accidentes del mundo, de tanto canto, de tantas vidas y muertes. Y el cenzontle permaneció invisible, nada más que su voz existía, según cuan quieto me quedé.
El último animal que vi fue la llamada mosca ladrona. Esta posaba en la cuerda de mi tendedero, alcancé a capturar su estrecho y largo tórax, sus ojos rojos, su guantes escarlata, el "el pelaje" flotando como polvo por toda su superficie, ella la vista como su terciopelo de primavera. Entonces, por fin regresé donde la polilla: todas las hormigas negras que debían estar la cubrieron. Todos y cada una siguen un orden, como por ahí; ninguna obra del exterior espera espectáculo u visionarios. Lo único, en dado caso, que encuentro aquí, es el resultado del tiempo y forma, hecho mundo.
Me puse en cuclillas, esperé minutos. La naturaleza exige paciencia. Mientras, la vida se movía al alrededor, lejos de mi. Avispas surcaban como satélites, una de ellas aterrizó en el balde de agua, nada más usando las puntas de sus patas para sostenerse y beber de ahí.
Estuché a las palomas, aletearon y arreglaron en su propio globo. En el fondo de todo, un cenzontle cantó; me sentí afortunado de escuchar vivir estos accidentes del mundo, de tanto canto, de tantas vidas y muertes. Y el cenzontle permaneció invisible, nada más que su voz existía, según cuan quieto me quedé.
El último animal que vi fue la llamada mosca ladrona. Esta posaba en la cuerda de mi tendedero, alcancé a capturar su estrecho y largo tórax, sus ojos rojos, su guantes escarlata, el "el pelaje" flotando como polvo por toda su superficie, ella la vista como su terciopelo de primavera. Entonces, por fin regresé donde la polilla: todas las hormigas negras que debían estar la cubrieron. Todos y cada una siguen un orden, como por ahí; ninguna obra del exterior espera espectáculo u visionarios. Lo único, en dado caso, que encuentro aquí, es el resultado del tiempo y forma, hecho mundo.