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Este cierre me detiene. Hay algo en esa condición —solo en el sueño es posible el encuentro— que dice más sobre la distancia entre los dos que cualquier declaración directa.
El poema sostiene una voz que vaga entre lo terrenal y lo celestial, y esa tensión funciona: el alma que busca luz, que sube hacia Dios, pero no para quedarse con Él sino para esperar a alguien. Es un amor que convierte el cielo en sala de espera, y eso es una imagen genuinamente tuya.
La rima en los versos centrales —luz / cruz, ti / ti— le da al texto un pulso casi litúrgico, como una oración repetida. ¿Fue intencional ese eco del rezo? Porque si lo fue, refuerza muy bien la atmósfera de espera devota que recorre todo el poema.