Alas de tinta
Poeta recién llegado
Dicen que el amor se encuentra en una mirada,en unas manos que no se sueltan,
en un corazón que aprende a latir por otro.
Pero un día Dios me susurró al alma:
"Ama a tu prójimo como a ti mismo."
Y comprendí que el amor más grande
no siempre nace entre dos personas,
sino en un corazón que decide amar
sin pedir nada a cambio.
Amar es detenerse cuando todos siguen de largo.
Es abrazar al que llora en silencio.
Es dar pan al hambriento,
esperanza al desesperado,
compañía al olvidado
y una oración al que ya no tiene fuerzas para hablar.
Amar es mirar con los ojos de Dios.
Porque detrás de cada sonrisa
puede esconderse una tormenta.
Detrás de cada silencio, un grito.
Detrás de cada persona, una historia que merece ser escuchada.
Ama al que ríe.
Ama al que llora.
Ama al que te comprende
y también al que un día te hirió.
Porque el rencor encadena el alma,
pero el amor la hace libre.
Ámate también.
No con orgullo,
sino con la ternura con la que Dios te mira.
Perdona tus caídas.
Abraza tus cicatrices.
Recuerda que Aquel que te creó
jamás dejó de llamarte su hijo, su hija amada.
Y cuando aprendas a amarte con los ojos del cielo,
descubrirás que cada ser humano
es un reflejo de ese mismo amor.
Entonces entenderás
que amar al prójimo
es abrazar a Cristo escondido en cada rostro.
Quizá nunca seas recordado por tu riqueza,
ni por tus palabras más brillantes.
Pero si una sola persona encontró consuelo gracias a tu amor,
si una sola lágrima dejó de caer por un abrazo tuyo,
si un corazón volvió a creer porque lo trataste con misericordia...
Entonces habrás vivido el amor más hermoso.
Porque el verdadero amor
no busca ser admirado.
Busca sanar.
Y quien ama al prójimo como a sí mismo
ya lleva un pedazo del cielo latiendo en el pecho.
Ese es el amor que nunca envejece,
que jamás se cansa,
que no conoce fronteras
y que permanecerá cuando todo lo demás desaparezca.
Es el amor de Dios.
Y quien aprende a vivirlo
descubre que amar al prójimo
es la forma más pura y eterna de amar.
Entonces comprendí algo que cambió mi manera de amar.
Amar al prójimo como a mí mismo
también significa respetar su libertad.
Porque el amor de Dios nunca obliga,
nunca aprisiona,
nunca retiene por egoísmo.
Él nos ama tanto
que incluso nos deja elegir el camino que queremos recorrer.
Y si Dios, siendo infinito en amor,
es capaz de abrir sus manos,
¿quién soy yo para cerrar las mías?
Por eso entendí
que también dejar ir es una forma de amar.
Es llorar sin odiar.
Es extrañar sin desear el mal.
Es aceptar que no todos caminarán a nuestro lado para siempre.
Es bendecir a quien se marcha,
aunque el corazón tiemble.
Es seguir orando por quien ya no está,
sin exigir que regrese.
Es confiar en que Dios cuidará de esa persona
mejor de lo que yo jamás podría hacerlo.
Porque el amor verdadero
no encadena las alas de quien ama.
Las abre.
Y aunque el alma se rompa en silencio,
elige decir:
"Ve en paz.
Que Dios te acompañe.
Que encuentres el bien,
aunque ya no sea a mi lado."
Ese también es el amor que Cristo nos enseñó.
Un amor que abraza,
que perdona,
que sirve,
que sana...
y que, cuando llega el momento,
también sabe dejar ir.
Porque amar al prójimo como a uno mismo
no siempre significa caminar juntos para siempre.
A veces significa soltar con lágrimas,
con fé
y con la esperanza de que todo lo que se entrega a Dios
jamás se pierde.
en un corazón que aprende a latir por otro.
Pero un día Dios me susurró al alma:
"Ama a tu prójimo como a ti mismo."
Y comprendí que el amor más grande
no siempre nace entre dos personas,
sino en un corazón que decide amar
sin pedir nada a cambio.
Amar es detenerse cuando todos siguen de largo.
Es abrazar al que llora en silencio.
Es dar pan al hambriento,
esperanza al desesperado,
compañía al olvidado
y una oración al que ya no tiene fuerzas para hablar.
Amar es mirar con los ojos de Dios.
Porque detrás de cada sonrisa
puede esconderse una tormenta.
Detrás de cada silencio, un grito.
Detrás de cada persona, una historia que merece ser escuchada.
Ama al que ríe.
Ama al que llora.
Ama al que te comprende
y también al que un día te hirió.
Porque el rencor encadena el alma,
pero el amor la hace libre.
Ámate también.
No con orgullo,
sino con la ternura con la que Dios te mira.
Perdona tus caídas.
Abraza tus cicatrices.
Recuerda que Aquel que te creó
jamás dejó de llamarte su hijo, su hija amada.
Y cuando aprendas a amarte con los ojos del cielo,
descubrirás que cada ser humano
es un reflejo de ese mismo amor.
Entonces entenderás
que amar al prójimo
es abrazar a Cristo escondido en cada rostro.
Quizá nunca seas recordado por tu riqueza,
ni por tus palabras más brillantes.
Pero si una sola persona encontró consuelo gracias a tu amor,
si una sola lágrima dejó de caer por un abrazo tuyo,
si un corazón volvió a creer porque lo trataste con misericordia...
Entonces habrás vivido el amor más hermoso.
Porque el verdadero amor
no busca ser admirado.
Busca sanar.
Y quien ama al prójimo como a sí mismo
ya lleva un pedazo del cielo latiendo en el pecho.
Ese es el amor que nunca envejece,
que jamás se cansa,
que no conoce fronteras
y que permanecerá cuando todo lo demás desaparezca.
Es el amor de Dios.
Y quien aprende a vivirlo
descubre que amar al prójimo
es la forma más pura y eterna de amar.
Entonces comprendí algo que cambió mi manera de amar.
Amar al prójimo como a mí mismo
también significa respetar su libertad.
Porque el amor de Dios nunca obliga,
nunca aprisiona,
nunca retiene por egoísmo.
Él nos ama tanto
que incluso nos deja elegir el camino que queremos recorrer.
Y si Dios, siendo infinito en amor,
es capaz de abrir sus manos,
¿quién soy yo para cerrar las mías?
Por eso entendí
que también dejar ir es una forma de amar.
Es llorar sin odiar.
Es extrañar sin desear el mal.
Es aceptar que no todos caminarán a nuestro lado para siempre.
Es bendecir a quien se marcha,
aunque el corazón tiemble.
Es seguir orando por quien ya no está,
sin exigir que regrese.
Es confiar en que Dios cuidará de esa persona
mejor de lo que yo jamás podría hacerlo.
Porque el amor verdadero
no encadena las alas de quien ama.
Las abre.
Y aunque el alma se rompa en silencio,
elige decir:
"Ve en paz.
Que Dios te acompañe.
Que encuentres el bien,
aunque ya no sea a mi lado."
Ese también es el amor que Cristo nos enseñó.
Un amor que abraza,
que perdona,
que sirve,
que sana...
y que, cuando llega el momento,
también sabe dejar ir.
Porque amar al prójimo como a uno mismo
no siempre significa caminar juntos para siempre.
A veces significa soltar con lágrimas,
con fé
y con la esperanza de que todo lo que se entrega a Dios
jamás se pierde.