victorialozano
Poeta recién llegado
Ojalá el enojo
hubiese sido un idioma
que la humanidad jamás aprendiera.
Ojalá las palabras
nacieran únicamente para abrazar,
para comprender,
para sanar aquello
que el tiempo no consigue curar.
Ojalá nadie levantara la voz
para herir un corazón,
ni existieran miradas
capaces de convertir un alma
en el blanco de un juicio.
Porque todos caminamos
con heridas invisibles.
Todos libramos batallas
que nadie conoce.
Todos lloramos alguna vez
cuando el mundo ya estaba dormido.
Y, aun así,
seguimos creyendo
que tenemos el derecho
de señalar las cicatrices ajenas
como si nuestras manos
nunca hubieran temblado.
Qué extraño es el ser humano.
Pide comprensión
cuando se equivoca,
pero muchas veces
olvida comprender
cuando el error pertenece a otro.
Anhela misericordia
para sus propias caídas,
pero entrega dureza
a quien tropieza delante de sus ojos.
Como si la perfección
habitara en alguna parte de este mundo.
Como si alguien
hubiese aprendido a vivir
sin equivocarse jamás.
Pero no.
Nacimos incompletos.
Aprendemos mientras caemos.
Maduramos mientras lloramos.
Y muchas veces
solo entendemos el dolor del otro
después de haber conocido el nuestro.
Ojalá existiera menos orgullo
y más humildad.
Menos necesidad de tener razón
y más deseo de escuchar.
Menos condenas
y más abrazos.
Menos puertas cerradas
y más corazones dispuestos
a volver a empezar.
Porque el perdón
no cambia el pasado.
Pero cambia el futuro
de quienes deciden vivir sin cadenas.
Perdonar
no significa olvidar el dolor.
Significa negarse
a dejar que ese dolor
se convierta en la voz
que gobierne toda una vida.
Qué hermoso sería un mundo
donde nadie buscara humillar,
donde nadie disfrutara
de remarcar las caídas ajenas,
donde las diferencias
no fueran motivo de desprecio,
sino una oportunidad
para aprender a amar mejor.
Tal vez entonces
habría menos lágrimas escondidas.
Menos noches en silencio.
Menos corazones rotos.
Y muchas más almas
dispuestas a caminar juntas.
Porque nadie es completamente fuerte.
Nadie es completamente sabio.
Nadie conoce toda la verdad.
Todos necesitamos,
en algún momento,
que alguien nos mire con compasión
en lugar de juzgarnos.
Quizá el mundo no necesita
más personas perfectas.
Necesita personas
que sepan reconocer sus errores,
que tengan el valor de pedir perdón
y la grandeza de ofrecerlo.
Porque el verdadero cambio
no comienza cuando desaparece el dolor.
Comienza cuando decidimos
que el amor será más grande que la herida,
que la misericordia será más fuerte que el orgullo,
y que el perdón
seguirá siendo una luz encendida
incluso cuando el corazón
haya conocido la noche.
Tal vez ese día
descubramos que la mayor victoria
nunca fue vencer a otro,
sino aprender a vencer
todo aquello dentro de nosotros
que nos impedía amar.
hubiese sido un idioma
que la humanidad jamás aprendiera.
Ojalá las palabras
nacieran únicamente para abrazar,
para comprender,
para sanar aquello
que el tiempo no consigue curar.
Ojalá nadie levantara la voz
para herir un corazón,
ni existieran miradas
capaces de convertir un alma
en el blanco de un juicio.
Porque todos caminamos
con heridas invisibles.
Todos libramos batallas
que nadie conoce.
Todos lloramos alguna vez
cuando el mundo ya estaba dormido.
Y, aun así,
seguimos creyendo
que tenemos el derecho
de señalar las cicatrices ajenas
como si nuestras manos
nunca hubieran temblado.
Qué extraño es el ser humano.
Pide comprensión
cuando se equivoca,
pero muchas veces
olvida comprender
cuando el error pertenece a otro.
Anhela misericordia
para sus propias caídas,
pero entrega dureza
a quien tropieza delante de sus ojos.
Como si la perfección
habitara en alguna parte de este mundo.
Como si alguien
hubiese aprendido a vivir
sin equivocarse jamás.
Pero no.
Nacimos incompletos.
Aprendemos mientras caemos.
Maduramos mientras lloramos.
Y muchas veces
solo entendemos el dolor del otro
después de haber conocido el nuestro.
Ojalá existiera menos orgullo
y más humildad.
Menos necesidad de tener razón
y más deseo de escuchar.
Menos condenas
y más abrazos.
Menos puertas cerradas
y más corazones dispuestos
a volver a empezar.
Porque el perdón
no cambia el pasado.
Pero cambia el futuro
de quienes deciden vivir sin cadenas.
Perdonar
no significa olvidar el dolor.
Significa negarse
a dejar que ese dolor
se convierta en la voz
que gobierne toda una vida.
Qué hermoso sería un mundo
donde nadie buscara humillar,
donde nadie disfrutara
de remarcar las caídas ajenas,
donde las diferencias
no fueran motivo de desprecio,
sino una oportunidad
para aprender a amar mejor.
Tal vez entonces
habría menos lágrimas escondidas.
Menos noches en silencio.
Menos corazones rotos.
Y muchas más almas
dispuestas a caminar juntas.
Porque nadie es completamente fuerte.
Nadie es completamente sabio.
Nadie conoce toda la verdad.
Todos necesitamos,
en algún momento,
que alguien nos mire con compasión
en lugar de juzgarnos.
Quizá el mundo no necesita
más personas perfectas.
Necesita personas
que sepan reconocer sus errores,
que tengan el valor de pedir perdón
y la grandeza de ofrecerlo.
Porque el verdadero cambio
no comienza cuando desaparece el dolor.
Comienza cuando decidimos
que el amor será más grande que la herida,
que la misericordia será más fuerte que el orgullo,
y que el perdón
seguirá siendo una luz encendida
incluso cuando el corazón
haya conocido la noche.
Tal vez ese día
descubramos que la mayor victoria
nunca fue vencer a otro,
sino aprender a vencer
todo aquello dentro de nosotros
que nos impedía amar.