tecafeyletras
Poeta recién llegado
No es una queja, amor mío, no.
Es solo que hoy, al filo de la tarde,
mientras el mundo se desboca en su carrera de hormigas,
he sentido que el cansancio no era el alma,
sino el ritmo que impusimos a los días.
No estoy harto de vivir,
estoy harto de esta velocidad que no deja posarse al polvo,
de este vértigo que nos impide ver el temblor de una hoja,
de esta prisa que nos roba hasta la pausa del suspiro.
He descubierto, con una calma que duele,
que no necesito respuestas,
ni éxitos que me alcen,
ni certezas que me anclen.
Solo quiero que el ruido se detenga,
que el silencio tenga el valor de una caricia,
que el tiempo recupere su peso de fruta madura.
No pido nada al viento,
ni al sol que se desangra en el ocaso.
Solo pido, en un grito que nadie oye,
que el mundo, por un instante,
se pare a mirar conmigo cómo se apaga la luz,
sin prisa, sin mañana, sin relojes.
Porque he aprendido, amor,
que la vida no es la meta,
sino el latido que se queda en la garganta
cuando dejamos de correr y, al fin,
nos permitimos el simple lujo de existir.
No es una queja, amor, no.
Es solo un descubrimiento:
que el cansancio no era de vivir,
sino de haber vivido siempre
demasiado deprisa
salvando el vacío de los tejados.
Es solo que hoy, al filo de la tarde,
mientras el mundo se desboca en su carrera de hormigas,
he sentido que el cansancio no era el alma,
sino el ritmo que impusimos a los días.
No estoy harto de vivir,
estoy harto de esta velocidad que no deja posarse al polvo,
de este vértigo que nos impide ver el temblor de una hoja,
de esta prisa que nos roba hasta la pausa del suspiro.
He descubierto, con una calma que duele,
que no necesito respuestas,
ni éxitos que me alcen,
ni certezas que me anclen.
Solo quiero que el ruido se detenga,
que el silencio tenga el valor de una caricia,
que el tiempo recupere su peso de fruta madura.
No pido nada al viento,
ni al sol que se desangra en el ocaso.
Solo pido, en un grito que nadie oye,
que el mundo, por un instante,
se pare a mirar conmigo cómo se apaga la luz,
sin prisa, sin mañana, sin relojes.
Porque he aprendido, amor,
que la vida no es la meta,
sino el latido que se queda en la garganta
cuando dejamos de correr y, al fin,
nos permitimos el simple lujo de existir.
No es una queja, amor, no.
Es solo un descubrimiento:
que el cansancio no era de vivir,
sino de haber vivido siempre
demasiado deprisa
salvando el vacío de los tejados.