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Me enamoré de esa morena, más alta que una palmera,
con el viento de la playa golpeando sus hojas,
y la curva de su tronco que la sostiene en las noches de tormenta,
donde las olas no pueden tocarla,
pero tal vez los cangrejos a su lado sí le muestran
el sabor de esa agua salada,
una que quema...