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Castillos en el aire, palacios en arenas movedizas, cuevas debajo del mar, iglús en el infierno, guaridas de animales heridos en la selva o en un burdel al sur de Marte.
O, mucho más probable, en el cielo.
No sé dónde estas.
Si el viento te abraza, la tierra te pertenece, las lágrimas guardadas...
Ella partió, y le partió.
Y como redundancia a su marcha, se intentó suicidar.
Con una sobredosis de realidad,
ahogándose en lágrimas no escritas,
atragantándose en silencios venenosos,
atravesándose un poema muerto.
Pero llegó el invierno, con su frío,
y no sólo congeló el llanto, sino...
Pobre de aquel que crea que somos débiles.
Pobre de aquel que crea que un corazón herido es frágil.
Porque somos kamikaces.
Y nos vamos a tirar a la piscina.
Sea ésta de agua, sangre o barro.
Sea ésta de vainilla, veneno o cuchillos.
Como si es de fuego.
Cuando no hay nada más que perder, sólo...
Buscar los por qués entre la porquería.
Encontrarlos, ahí al fondo.
Coger un lápiz.
...¿Y por qué no?...
Volver a guardarlos.
Y esperar.
A que ella, por casualidad o no, tarde o temprano, los encuentre.