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No vayas tan deprisa, dijo.
Como no.
La luna al fin era verde,
como los marcos de la ventana.
Al fondo del pasillo,
de techos altos y columnas,
estaba el reloj de arena,
aquel que tanto había añorado.
Tenemos que volver, dijo.
Yo no.
Hoy moriré aquí,
donde mi cabeza había vivido.