Aquel viejo pirata, con su pierna de palo
y su garfio por mano, y su parche en el ojo,
era, a pesar de tuerto, y de manco, y de cojo,
en una vieja historia romántica, el cruel malo.
Bebía ron a espuertas, producto de un saqueo
en Santiago de Cuba, no siendo él ni grumete,
y fumaba su pipa...