Me senté solitario en el valle, viéndolo teñido por el sol, coloreado ya de rubor y rozado por el viento vespertino. Que quedo fue primavera para este cuadro.
Frente a mí, tordos rojos –ya sean damas o caballeros– se volvían ligeros sobre el pastizal que fino y verde, apenas reaccionaba ante...