RamónL
Poeta recién llegado
Se puso de pie de un salto y comenzó a marcharse. A unos cuantos metros se paró junto a un árbol y noté que, al parecer, comenzó a llorar. Yo me crucé de brazos y pensé, mientras la observaba fijamente: Qué raras son las niñas; yo no sé ni qué le hice y ahora está chillando, y ahora tengo que ir a pedirle perdón como mi papá me dice que haga cuando hago algo que lo enoja.
Apreté la boca. Estaba muy desconcertado. Me puse de pie y comencé a caminar hacia ella muy despacio, jugueteando con la hojarasca que los árboles habían dejado caer; era una mañana de otoño y ya comenzaba a apreciarse el viento característico de la época.
Una vez que estuve junto a ella, me di cuenta que realmente estaba llorando.
¡Chin! Ya la regué. pensé. Acto seguido, toqué su hombro suavemente.
Perdón le dije.
No obtuve respuesta. Estaba a punto de hablar de nuevo cuando ella empezó a relatarme su historia.
Ayer se murió Barry, mi perro. Mi papá dice que ya estaba muy viejo y que así tenía que ser, que nada dura por siempre, que Barry ya había cumplido con nosotros. Yo no entiendo qué quiso decir ¿tú lo sabes?
No me encogí de hombros. Pero se me hace que todos tienen que morir, bueno, eso dice mi abuelito.
Yo no me quiero morir y tampoco que se muera nadie... Quiero que todo sea igual para siempre. ¿Tú crees que eso se pueda? Me preguntó mientras se limpiaba las lágrimas con las manos.
¿Qué? Pregunté extrañado.
Que todo sea igual, que nada cambie.
Se me hace que eso no se puede. Mira me agaché para tomar un puñado de hojas que los árboles habían dejado caer y se lo mostré. Mi papá me dijo una vez, que si estas hojas no se hacen viejas y se mueren cuando caen, entonces el árbol no puede hacer que le crezcan hojas nuevas. Creo que es lo mismo que nos pasa a todos.
Tomé su mano y deposité el puñado de hojas en ella. Alejandra me vio con algo de desconcierto.
Pero yo no soy una hoja, ni un árbol repuso intrigada.
Pero igual te vas a hacer vieja y te van a salir arrugas y te vas a morir ¡Igual que yo! ¡Ay! ¿A poco no me entendiste? Levanté mis brazos y los dejé caer a plomo.
Alejandra comenzó a bajar la mirada hacia la mano que tenía las hojas; volteó a verme y sin decir más, soltó el follaje, se dejó caer de rodillas, se tapó la cara con sus manos y comenzó a llorar de nuevo, sólo que esta vez lo hacía más fuerte, con más sentimiento.
Ay, ¡ahí va otra vez! Pensé mientras hacia un gesto mitad ignorancia, mitad enfado. Me arrodillé junto a ella.
¿Y ahora por qué chillas?
Yo... yo sólo quería... que mi Barry viviera me dijo sollozando sin apartar las manos de su cara y ahora me dices que yo me voy a hacer vieja.
Yo nomás te dije lo que me dijo mi papá y, según yo, te lo dije para que dejaras de estar triste y ahora estás chillando más fuerte que hace rato aclaré.
Tengo miedo de que ya nada sea igual se limpió los ojos con los brazos y las manos mientras se iba tranquilizando su voz y su persona. Quisiera que nada cambiara, que mis papás no se hagan viejos, ni yo, ¡y tampoco que tú te hagas viejo! Me señaló con el índice.
Pues, se me hace que eso está difícil le comenté mientras me rascaba la cabeza y entrecerraba los ojos. ¿Qué puedo hacer para que ya no llores?
Alejandra me miró fijamente, tomó mi mano e hizo que me hincara enfrente de ella, colocó mi palma junto a la suya, como hace un momento, y me volvió a pedir la misma promesa:
Quiero que me prometas que siempre seremos amigos, y que pase lo que pase, siempre nos ayudaremos y apoyaremos y que jamás nos olvidaremos el uno del otro.
No sé... volví a dudar.
¡Sebastián! Exclamó con franco enojo.
Bueno, está bien,... lo prometo así por las buenas ni quién diga nada.
Dilo completo ordenó ella.
Prometo por siempre ser tu amigo.
Y yo, prometo nunca dejar de ser tu amiga.
Continúa en 02/01 -Jandy, la valiente