RamónL
Poeta recién llegado
Hoy es el gran día pensé. Hoy sí voy a comerme mi lonche, ¡y nadie me lo va a impedir!
Y con esa determinación pasé la mañana en clases, esperando el timbre que anunciaba la hora del recreo.
Conforme pasaba el tiempo, comencé a sentir una diversa gama de sensaciones: primero alegría, después expectación, seguido de angustia y nerviosismo y por último, miedo absoluto.
Al fin llegó el momento. El timbre sonó y mientras todos los niños emprendieron alegremente la salida al patio a comenzar sus juegos, yo me limité a verlos salir sin moverme de mi lugar.
¿No vas a salir al patio, Sebastián? Me cuestionó la maestra quien notó mi inmovilidad.
No, es que no tengo ganas contesté tratando de ocultar mis sentimientos.
¿Por qué? ¿Te sientes mal o algo así? Me miró algo extrañada.
No. Es que tengo frío me froté los brazos exageradamente para mostrarle que le decía la verdad.
Pero sí traes el suéter puesto. ¿Seguro que estás bien?
Sí. En un ratito más salgo.
Bueno. Tengo que ir al salón de juntas, espero que te portes bien ¿eh?
Sí, maestra le aseguré asintiendo repetidamente con la cabeza.
Dicho esto, la profesora tomó algunos libros y apuntes y, muy discretamente, también lo hizo con una maletita que siempre cargaba; era su almuerzo.
En cuanto salió del aula, respiré aliviado y me tranquilice. Saqué mi comida: un sándwich de jamón con queso, jitomate y cebolla y un jugo de mandarina; comencé a devorarlos rápidamente. Volteé hacia el patio y noté cómo el Rica y sus cuates parecían buscar a alguien. Al percatarme de eso, empecé a comer más rápido, tan rápido que ya sólo daba mordidas y tomaba un trago de la bebida para ablandar el bocado y pasarlo. Al término de un par de minutos -o menos- ya había concluido mi labor.
Anticipando que su reacción sería de enojo y que tratarían de robarme algo más, metí la mano derecha en el bolsillo del pantalón y tomé las monedas que me había dado mi mamá. Las guardé dentro de la mochila, por debajo de mis libros. Acto seguido, agarré la basura que había dejado en mi mesa de trabajo y la deposité en el cesto y muy tranquilamente me dirigí afuera del aula.
No pasó mucho tiempo para que los tres enemigos públicos número uno de mi nación, se presentaran frente a mí.
¿Dónde está mi lonche? Me interrogó el Rica.
Hoy no traje le respondí gallardamente, sin desviarle la mirada.
¿Cómo que no trajiste? Me preguntó amenazadoramente.
No, no traje y ya no voy a traer contesté manteniéndome firme en lo dicho.
Quítale su dinero, Rica le sugirió Mike a su jefe de banda.
Ya oíste, menso; dame tu dinero me extendió su diestra en espera de recibir algunas monedas.
Tampoco traigo; no me dan enfaticé la última frase.
El menso se merece unos golpes exclamó Juan.
Aquí no podemos, tráiganselo ordenó el Rica con un gesto.
Los otros dos obedecieron tomándome de los brazos y, contra mi total voluntad, casi me arrastraron a la parte de atrás de la primaria; un lugar algo solitario y escondido. Al llegar me soltaron y me rodearon entre los tres.