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1ª Dedicatoria a la Hipocresía

Orfelunio

Poeta veterano en el portal
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Punto de fuga

Quisiera decir hoy
lo que nunca dije ayer,
pero como no lo sé,
de algún futuro estoy
callando sin saber.

Cuando hablen las lenguas
y piensen los dientes,
cuando el ojo se mire
y vea un ojo que miente,
sabrán los sentidos,
que su afán de saberes,
no es propio del órgano
sino del dueño que siente.

Que yo miro y yo hablo,
que yo leo y estudio,
que yo toco tocando,
pero nunca soy mío
sino del ser que está andando.

Os utilizo y sois esclavos,
y nada podéis hacer sin mi permiso;
si alguna vez no di en el clavo
lo sentiréis de compromiso.

Y ¡ay, qué dolor!
y ¡ay, qué tristeza!
No hay más placer
que escuchar vuestra oreja,
y saber, que de oído es la queja.

Descansaba la cabeza
a la luz de una vela;
la boca llena de hormigas,
los restos de la cena,
un montón de migas
y un puñal entre las cejas.

Escuchó cabalgar caballero,
imaginó el galopar de un caballo;
rindió su alma en la frente,
y al sentir fustigar al jamelgo,
sufrió el empuje del hierro
pero nunca vio al jinete.

Despertó entre halos de muerte,
y volteando campanas,
y entre unas nubes oestes,
allí encontró por mundanas,
estacas de electra venganza
que esperan la espada de Orestes.

Desenterró a todo arcano
y pidió consejo al gran mester,
obtuvo quejas por daños,
siguió en el rodar de su apaño
y empuñó el hacha terrestre.

Paciencia quedó retirada
a la espera de ser razonable,
cuando una mano ya armada
motiva razón para el sable.

Siguió al jinete de cerca
que hablaba con los miserables;
humanos vestidos de labia,
con túnicas blancas,
con soles de alarde,
y quiso probarles la lengua,
y se hizo pasar por cobarde.

Todos creyeron en tromba,
y todos con fe en su compadre,
palmadas le dieron al hombro
diciendo: ¡Bienvenido al enjambre!

Antes de hacer la matanza,
no quiso matar sin detalle,
puso en la plaza alabanza
queriendo hacer justa la calle.

Aquellos, al ver la balanza,
creyeron en Midas,
el rey de los años amables,
pensando que las vendimias
serían grandes señales.

El vino en la calle corría,
en la plaza no hablaba ya nadie;
y aquella balanza no fía,
y un pueblo lleno de sangre,
murió porque un Cristo tenía
la llaga cerrada del padre.

Al pueblo llegaron tres hombres;
uno era el hombre del cuento,
otro era el tonto del pueblo,
y el otro tercero, haciéndose el listo,
no quiso saber del primero
y se hizo así mismo un obispo.

¿Quién fue el verdadero?
El hombre que descubra el misterio
será un humano sincero,
porque sólo los tontos más legos
son engañados por el misionero;
que el hombre natural
sólo puede ser el primero,
y los que llegan tras él,
si son seducidos por fuegos,
lo serán artificial,
pues el arca de Noé,
¿la construyó astillero en el cielo?
Y aunque animales tuviera de bien,
hubo leones, lobos, y corderos…

La fábula hace agua,
y apunto estaba de hundirse,
¡cuando amigo!, llegó el Galileo,
y dijo que la barca era un chiste,
y que no fue así desde el principio,
que el hambre tenía sola una mujer,
¡la Eva!, que cada uno debe comer.

Una pregunta quedó en el aire.
¿No será eso impuesto?
Que si no había más por el balde
hermanos serían supuestos,
que siendo del mismo padre,
un padre que cobra también sus impuestos…
Impongan sus santos el fraude
y sean legales incestos.

¿Porqué sois tan hipócritas,
señores que nada sabéis?
Es más, vuestra estupidez no cesa;
tan cerca está la verdad
que os vestís de mentira que pesa,
y así creéis hacer caridad,
y así pensáis que el cilicio es sabroso;
que cargáis vuestro invento
no sobre vuestros lomos,
sino de aquellos, los buenos;
y arañáis en sus entrañas,
y les dais los mil infiernos,
y tejéis telas de araña,
¡y morís por ser de un coño!

Sois unos soplagaitas,
os lo digo sinceramente;
que sabéis decir de gaitas,
y las gaitas gravemente
hacen ruido por galaicas;
y las meigas, santamente
os condenan brujerías
y os esperan por clientes,
que a la hoguera fueron muchas…
Así os quemen, y para siempre,
que las brujas sí que haylas,
todas evas simplemente;
que de adanes anda el mundo,
y en altares obedientes,
son los césares difuntos
por su espada equivalentes.

Y hay monumentos por los caídos,
y hay monumentos de siempre:
dos cuerpos desnudos,
¿y un voyeur casto de mente?,
¿o un montón de verdugos
con látigo patente?,
que hace elevar el capullo…

¡Abajo el falo del frente,
que bajen al suelo la mole insolente
y cubran el polvo de flores,
y Adán descansará eternamente
en los hijos de la tierra!

Y si Compostela nunca miente,
sólo deja ver la huella,
que sin huella no es decente,
ni sabría a santa esquela
sin montaje tan pudiente.

¡Qué valle tan grande,
era aquella mesa en la noche
a la luz de la vela!

Unos estaban muertos,
pensando en pasados, sufrientes;
otros, los más avezados,
quisieron dejarles aviso
e hicieron castillos y pasos,
pusieron calzadas a oriente;
aquellos no hicieron caso al inciso,
y al cruzar la calzada, postizos,
encontraron la muerte.

Y ahora dicen que viven,
que aman a un padre clemente;
que nada en su haber no les quiten,
veremos si el padre es un ente,
o es la oculta avaricia,
o es la lujuria, o es la envidia,
o es la impostura, o es la hambruna,
o es su ingrediente;
o fue la esencia chupada
de teta con tan mala leche,
que ahora sacan de nada
un dios que se hace de vientre.

Oléis mucho, verdugos del amor,
y con mucho esfuerzo cagáis;
vuestro estreñimiento tendrá solución
si os tomáis la verdad,
pero, a lo mejor, de tanta retención,
una diarrea os matará.

Mejor será la absolución
y perdonároslo incluso,
con un mandato mayor
que creo os va a gustar.
Alivio será del iluso,
y paz se obtendrá en el valor;
así, quien pruebe el sabor de este excluso,
vaya su mal a cagar,
que el mundo se asfixia confuso
y vuestra es la culpa
llenando el aire de mal.

Después de una buena cagada
puede que haya cierto olor,
pero es pasajero.
Un aroma constante
es indicio de andar tal,
y a su hora un buen laxante
es buen remedio para no reventar.

Yo le estoy haciendo caso al médico
para ser considerado;
que no imagino destripar,
y así os pido consideréis lo escrito,
que si llega a haber explosión,
no hubiera dejado ni un pico
que dijera: ¡A mí no llegó!

Dulce sombra que me envenenas
con tu tenue oscuridad,
déjame escribirte en esa vaga alfombra
palabras blancas de verdad.

Serías luz entre tinieblas,
y yo algún ángel de la paz,
que entró a ti pidiendo guerra,
queriendo tu alma dibujar.

Si quisieras ser futura
noche y luz, día señal,
en mi presente serías bella…
De ocaso un sol no oculta el mar.

No te alejes primavera,
ven a mí en amistad;
no me dejes a la vera,
si te marchas, perderás.

Eres tú mi alma gemela,
y a mí me llaman la verdad,
a ti te tienen por ramera
y yo sé bien que es mal hablar.

A ti te llaman sombra mala,
porque buena nunca oí;
deberé cambiar la ronda
y vestirme más de gala,
que este árbol no se tala,
ni se apoca a la milonga
porque en sombra siempre fui.
 
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