elena morado
Poeta que considera el portal su segunda casa
La acólita
La gran cocina está casi a oscuras.
A través del plano de la luz constante, difusa,
las ollas de cobre en la pared y el geranio en la ventana
alimentan fogatas diferentes.
La hierba cuelga de las vigas su musgo negro.
Sobre la mesa, con las manos enharinadas
y los pies bien plantados
en las baldosas, una mujer
sopesa las futuras hogazas.
Levadura y harina, agua y sal,
van a encontrarse en el gran bol.
No es
en el pan que hornea, enfría y corta
en lo que piensa,
sino en el modo
en que la masa sube y cobra vida propia.
No es en el horno en lo que piensa,
sino en el modo
en que ese olor ácido se transforma
en fragancia.
Quiere poner
una rosa de plata o una campana de diamantes
en cada pan;
quiere
hornear dentro de una hogaza una maldición
y en otra, las palabras que rompen
los hechizos y transforman en ellos mismos a los héroes;
ella quiere hacer pan
que sea más que pan.
La queja de Adán
Hay quienes,
no importa qué les des,
también quieren la luna.
El pan,
la sal,
carne blanca y roja,
y todavía tienen hambre.
La cama matrimonial
y la cuna,
y siguen con los brazos vacíos.
Les das la tierra,
su propia tierra bajo los pies,
y se lanzan al camino.
Y el agua: cavá el pozo más hondo,
que no será suficiente
para beber en él la luna.
La vigilia
Cuando los ratones se despiertan
y salen a hacer su trabajo de buscar
la vida, las migas de la vida,
yo me siento en silencio en el cuarto de atrás
intentando calmar mi mente de su parloteo,
rumores y sucesos, y encontrar
vida, migas de vida, para nutrirla
hasta que, replegado en la quietud,
desde el santuario del desorden
el dios animal habla Ay,
pobres ratones— No dejé
nada para ellos, ni pan,
ni grasa, ni un plato sin lavar.
Vayan por las paredes a otras cocinas;
acá hagamos silencio.
Voy a sentarme en vela
a esperar al Gato
que con lengua humana
profiere oráculos inhumanos
o con sus garras, abre delicadamente
las cajas chinas, cada una de las cuales
contiene el Mundo y su sombra.
Cómo sería mi casa si fuera una persona
Esa persona sería un animal.
Y ese animal sería grande; por lo menos, grande
como un caballo de tiro. Rumiaría, como las vacas,
con varios estómagos.
Nadie podría seguirlo
hasta la espesura del matorral para presenciar
sus hábitos de apareo. Escondido por el pelaje,
el sexo sería difícil de determinar.
Definitivamente desalentaría
la investigación. Pero, si no lo molestaran,
sería un animal bueno, amigable,
confiado como un pichoncito. Su inteligencia
sería de un orden superior,
ni humana ni animal, élfica.
Y ronronearía. Aunque, claro,
tratándose de una casa, tendrías que sentarte en su regazo
y no al revés.
El sabio
El gato está comiéndose las rosas:
él es así.
Déjenlo, dejen
al mundo girar,
las cosas son así.
El tres de mayo
hubo niebla; el cuatro,
quién sabe.
Barré la carne de la rosa,
tirale los pedazos a la lluvia.
Nunca se come
hasta el último bocado, dice
que el corazón es amargo.
Él es así, él sabe
del mundo y del tiempo.
Versiones inéditas en castellano de Sandra Toro.
La gran cocina está casi a oscuras.
A través del plano de la luz constante, difusa,
las ollas de cobre en la pared y el geranio en la ventana
alimentan fogatas diferentes.
La hierba cuelga de las vigas su musgo negro.
Sobre la mesa, con las manos enharinadas
y los pies bien plantados
en las baldosas, una mujer
sopesa las futuras hogazas.
Levadura y harina, agua y sal,
van a encontrarse en el gran bol.
No es
en el pan que hornea, enfría y corta
en lo que piensa,
sino en el modo
en que la masa sube y cobra vida propia.
No es en el horno en lo que piensa,
sino en el modo
en que ese olor ácido se transforma
en fragancia.
Quiere poner
una rosa de plata o una campana de diamantes
en cada pan;
quiere
hornear dentro de una hogaza una maldición
y en otra, las palabras que rompen
los hechizos y transforman en ellos mismos a los héroes;
ella quiere hacer pan
que sea más que pan.
La queja de Adán
Hay quienes,
no importa qué les des,
también quieren la luna.
El pan,
la sal,
carne blanca y roja,
y todavía tienen hambre.
La cama matrimonial
y la cuna,
y siguen con los brazos vacíos.
Les das la tierra,
su propia tierra bajo los pies,
y se lanzan al camino.
Y el agua: cavá el pozo más hondo,
que no será suficiente
para beber en él la luna.
La vigilia
Cuando los ratones se despiertan
y salen a hacer su trabajo de buscar
la vida, las migas de la vida,
yo me siento en silencio en el cuarto de atrás
intentando calmar mi mente de su parloteo,
rumores y sucesos, y encontrar
vida, migas de vida, para nutrirla
hasta que, replegado en la quietud,
desde el santuario del desorden
el dios animal habla Ay,
pobres ratones— No dejé
nada para ellos, ni pan,
ni grasa, ni un plato sin lavar.
Vayan por las paredes a otras cocinas;
acá hagamos silencio.
Voy a sentarme en vela
a esperar al Gato
que con lengua humana
profiere oráculos inhumanos
o con sus garras, abre delicadamente
las cajas chinas, cada una de las cuales
contiene el Mundo y su sombra.
Cómo sería mi casa si fuera una persona
Esa persona sería un animal.
Y ese animal sería grande; por lo menos, grande
como un caballo de tiro. Rumiaría, como las vacas,
con varios estómagos.
Nadie podría seguirlo
hasta la espesura del matorral para presenciar
sus hábitos de apareo. Escondido por el pelaje,
el sexo sería difícil de determinar.
Definitivamente desalentaría
la investigación. Pero, si no lo molestaran,
sería un animal bueno, amigable,
confiado como un pichoncito. Su inteligencia
sería de un orden superior,
ni humana ni animal, élfica.
Y ronronearía. Aunque, claro,
tratándose de una casa, tendrías que sentarte en su regazo
y no al revés.
El sabio
El gato está comiéndose las rosas:
él es así.
Déjenlo, dejen
al mundo girar,
las cosas son así.
El tres de mayo
hubo niebla; el cuatro,
quién sabe.
Barré la carne de la rosa,
tirale los pedazos a la lluvia.
Nunca se come
hasta el último bocado, dice
que el corazón es amargo.
Él es así, él sabe
del mundo y del tiempo.
Versiones inéditas en castellano de Sandra Toro.
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