Asklepios
Incinerando envidias
Recuerdo que, durante los primeros años en los que el medio ambiente y su mantenimiento se puso de moda, fue cuando me nombraron como director e ingeniero jefe del departamento encargado del cuidado, conservación y mantenimiento de los arcos iris que pudieran aparecer a lo largo y ancho de todo el territorio nacional. Este puesto, evidentemente, me obligaba a estar, -sobre todo durante la primavera y el otoño-, continuamente de viaje. A priori, se daba por supuesta, la imposibilidad de atender en su totalidad a todos ellos, pero uno, no dejó de hacer todo lo posible para ejercer su cargo con la mayor responsabilidad y eficacia.
Lo que más reclamaban los críticos a nuestro trabajo era que cuidáramos, sobre todo, de la calidad y pureza de sus colores y sus delimitaciones espaciales. Contábamos con un equipo altamente especializado con el que acometer nuestras funciones, pero, aún así, no eran suficientemente eficaces, dada la volatibilidad y fragilidad de fenómenos meteorológicos tan peculiares. Los resultados que se iban consiguiendo eran más aplaudidos por las autoridades del resto de países, -que no disimulaban sus intentos de copiar nuestra tecnología-, que por los partidos políticos de la oposición. Y esto fue lo que motivó mi decisión final de presentar mi dimisión. Además de la imposibilidad material de atender todas y cada una de las apariciones de los arcos iris y de la falta de medios técnicos, la gota que colmó el vaso de mi paciencia fue la cruel crítica diaria que recibíamos desde todos los ámbitos.
El departamento que dirigí durante casi año y medio quedó en el aire, dado que se iban a celebrar nuevas elecciones generales en breve. Perdimos las elecciones y, sorprendentemente, los elegidos retomaron y reforzaron el departamento del que había sido su director y jefe. Ahora, éramos nosotros la oposición y, tal y como suele suceder, las quejas antaño recibidas, fueron entonces redobladas, tanto en intensidad como en malicia, por lo que, meses más tarde, el departamento fue eliminado, dejando a la naturaleza, -tal y como había sido desde los orígenes del mundo-, a cargo de los arcos iris y el resto de fenómenos meteorológicos relacionados con ellos.
Para finalizar, no quiero olvidar compartir un muy extraño suceso del que pude ser testigo.
Tras una fuerte tormenta, mientras los cielos se iban abriendo y la intensidad de la lluvia iba en descenso, a varios kilómetros de donde estábamos ubicados, se formó un enorme arco iris que, a los pocos minutos, fue abarcado, fue rodeado por otro mucho mayor, y ambos de un colorido de una intensidad que nunca habíamos llegado a contemplar De repente, los colores del arco iris más grande, comenzaron a derretirse, cayendo sobre el otro arco mientras se deshacían hasta desaparecer, sin llegar a alcanzar al arco más pequeño, que se mantuvo impasible hasta que dejó de llover. Jamás he vuelto a ver nada parecido. No sé si algo así, pudo ser un aviso de algo futuro. Pero, lo cierto es que lo vi. Evidentemente, nunca comenté nada, ni con los encargados del departamento ni con los meteorólogos e investigadores encargados del clima del momento. Quizás, en un futuro, me vea obligado a compartir aquella experiencia, más, de momento, aquí se queda.
Lo que más reclamaban los críticos a nuestro trabajo era que cuidáramos, sobre todo, de la calidad y pureza de sus colores y sus delimitaciones espaciales. Contábamos con un equipo altamente especializado con el que acometer nuestras funciones, pero, aún así, no eran suficientemente eficaces, dada la volatibilidad y fragilidad de fenómenos meteorológicos tan peculiares. Los resultados que se iban consiguiendo eran más aplaudidos por las autoridades del resto de países, -que no disimulaban sus intentos de copiar nuestra tecnología-, que por los partidos políticos de la oposición. Y esto fue lo que motivó mi decisión final de presentar mi dimisión. Además de la imposibilidad material de atender todas y cada una de las apariciones de los arcos iris y de la falta de medios técnicos, la gota que colmó el vaso de mi paciencia fue la cruel crítica diaria que recibíamos desde todos los ámbitos.
El departamento que dirigí durante casi año y medio quedó en el aire, dado que se iban a celebrar nuevas elecciones generales en breve. Perdimos las elecciones y, sorprendentemente, los elegidos retomaron y reforzaron el departamento del que había sido su director y jefe. Ahora, éramos nosotros la oposición y, tal y como suele suceder, las quejas antaño recibidas, fueron entonces redobladas, tanto en intensidad como en malicia, por lo que, meses más tarde, el departamento fue eliminado, dejando a la naturaleza, -tal y como había sido desde los orígenes del mundo-, a cargo de los arcos iris y el resto de fenómenos meteorológicos relacionados con ellos.
Para finalizar, no quiero olvidar compartir un muy extraño suceso del que pude ser testigo.
Tras una fuerte tormenta, mientras los cielos se iban abriendo y la intensidad de la lluvia iba en descenso, a varios kilómetros de donde estábamos ubicados, se formó un enorme arco iris que, a los pocos minutos, fue abarcado, fue rodeado por otro mucho mayor, y ambos de un colorido de una intensidad que nunca habíamos llegado a contemplar De repente, los colores del arco iris más grande, comenzaron a derretirse, cayendo sobre el otro arco mientras se deshacían hasta desaparecer, sin llegar a alcanzar al arco más pequeño, que se mantuvo impasible hasta que dejó de llover. Jamás he vuelto a ver nada parecido. No sé si algo así, pudo ser un aviso de algo futuro. Pero, lo cierto es que lo vi. Evidentemente, nunca comenté nada, ni con los encargados del departamento ni con los meteorólogos e investigadores encargados del clima del momento. Quizás, en un futuro, me vea obligado a compartir aquella experiencia, más, de momento, aquí se queda.