Heart
Poeta que considera el portal su segunda casa
[center:67f2a0ec01]No recuerdo el juramento,
y no lo reproches,
pues vivo sin vida
y sucumbo en las noches.
Cual pájaro débil, herido,
me arrojaste de tu lado
reventándome la hiel,
hincándome el clavo oxidado.
Corona de espinas me atornillabas
viendo la sangre como emanaba,
mi mortaja cambiabas
disfrutando de mi agonía,
y mi hiel te tragabas
cual rico manjar de dioses.
Mi sangre bebías
y reías, reías
Crucificaste mis manos
en la cruz de madera.
Mis labios morados
pedían la tierra
y reías, reías
Azotabas el látigo
llenando mis sedientos labios
de mugre, cieno y sal.
El mustio bisbiseo
del arrítmico tic-tac, tic-tac
del viejo y mugroso reloj
me golpeaba sin parar.
Clamaba: ¡Muerte, muerte, eternidad!
Tu lánguida sonrisa
y tu inmutable serenidad
contaban los minutos
para mi eterno final.
Callarías mi boca,
el negro secreto,
vivirías en paz.
Yací
Rosa negra me dejaste,
una mortaja por vestido
y de esquela:
Gracias por haber fallecido.
Ahora soy la sombra
que, en penumbras,
deambula en las noches.
No me busques, no me llores;
no recuerdo el juramento
¡no me hagas reproches!
No clames mi alma;
que los muertos no sentimos;
vagamos como istmos
con la retina perdida
en el azabache bosque del tiempo,
donde no hay calendarios ni relojes.
No intentes rasgar
el pávido cemento
que con tus manos echaste.
Los muertos no volvemos,
los muertos no dañamos;
Lloras, lloras
Tórrida vida que sacrificó
a un corazón.
Lloras, lloras
y mi cuerpo sin vida
se pudre en su propio hedor.
Tú: caminas errante
en busca de mi sombra pasajera.
Yo: sin sueño;
por los cantares de los cielos.
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y no lo reproches,
pues vivo sin vida
y sucumbo en las noches.
Cual pájaro débil, herido,
me arrojaste de tu lado
reventándome la hiel,
hincándome el clavo oxidado.
Corona de espinas me atornillabas
viendo la sangre como emanaba,
mi mortaja cambiabas
disfrutando de mi agonía,
y mi hiel te tragabas
cual rico manjar de dioses.
Mi sangre bebías
y reías, reías
Crucificaste mis manos
en la cruz de madera.
Mis labios morados
pedían la tierra
y reías, reías
Azotabas el látigo
llenando mis sedientos labios
de mugre, cieno y sal.
El mustio bisbiseo
del arrítmico tic-tac, tic-tac
del viejo y mugroso reloj
me golpeaba sin parar.
Clamaba: ¡Muerte, muerte, eternidad!
Tu lánguida sonrisa
y tu inmutable serenidad
contaban los minutos
para mi eterno final.
Callarías mi boca,
el negro secreto,
vivirías en paz.
Yací
Rosa negra me dejaste,
una mortaja por vestido
y de esquela:
Gracias por haber fallecido.
Ahora soy la sombra
que, en penumbras,
deambula en las noches.
No me busques, no me llores;
no recuerdo el juramento
¡no me hagas reproches!
No clames mi alma;
que los muertos no sentimos;
vagamos como istmos
con la retina perdida
en el azabache bosque del tiempo,
donde no hay calendarios ni relojes.
No intentes rasgar
el pávido cemento
que con tus manos echaste.
Los muertos no volvemos,
los muertos no dañamos;
Lloras, lloras
Tórrida vida que sacrificó
a un corazón.
Lloras, lloras
y mi cuerpo sin vida
se pudre en su propio hedor.
Tú: caminas errante
en busca de mi sombra pasajera.
Yo: sin sueño;
por los cantares de los cielos.
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las cosa pasan asi como el rejoj sigue su rumbo sin mirar a quien le imprta... el tiempo es ciego y eso tal vez sea nuestro remedio para aliviar nuestras heridas no dejes que ese corazon tan bonito se te vuelva de piedra por los golpes de la absurda existencia se tu misma me gusto mucho tu poema se nota la calidad de poetisas que hay