A LA CAÍDA DE LA TARDE, EN TOMBUCTÚ
¿Adónde volarán los ruidosos estorninos
cuando su canto haya sido devorado por el silencio?
El desierto es el almacén infinito
donde caben todos los vacíos y sus ecos.
Una larga silueta de cielo apenas nacido se recorta
en su asíntota inclemente.
Tampoco música.
Tus últimas palabras, casi oraciones,
se pierden en el espejismo que ahora eres.
No puedo distinguirlas entre el murmullo de la arena
y el canto de sirenas del subsuelo.
Ni el color que da la vida.
Despojado de deseos me disuelvo en el reverbero
de la imagen del barco que arriba.
Tampoco tú vienes en él.
El último camello de la tarde descarga lo necesario
para instalar la noche sin estrellas.
Noche de amor sin tí.
El afilado sonido de los alfanjes recuerda al silbido de serpientes
que una tarde de frío escuchamos en el jardín que entonces éramos.
Jardines de ciudad que el siroco nos trae aquí, al desierto.
Déjame, entonces, amada, reordenar de nuevo las elipses de tu cuerpo,
las coordenadas de tus curvas, para que sean como curvos puñales agarenos
Déjame mirar de nuevo en el misterio de tu abismo
en el que guardas tus dioses y los amantes que fueron.
Pronto llegará otro viento, el que fecunda las vírgenes
con el canto del muecín.
Planeta muerto.
Oh, el desierto de mis noches, cálida carne, susbstancia equívoca,
geometrías reflejadas en los ojos de los chacales muertos,
sabiendo, como sabemos, cuánto callan las viejas piedras,
cuánta agua de fuentes samaritanas se filtró desde la arena
y allí abajo nos espera, lágrimas entumecidas,
inmóviles cantos de las manos amordazadas por las penas del amor.
Viento dorado que desteje la armonía de las telarañas
que se cobijan en tus profundas axilas.
Porque música eres tú
Ya llega ¿no lo ves? el reflejo de la estrella que revienta
en las escolleras del puerto.
Era mi última esperanza, la última luz que provenía de tí,
el término del fractal que nos engendra y envuelve cuando,
solos en la madrugada, brillas como un ojo de ágata
colocado como fuego bajo la imagen de un Buda.
Deshagamos los panteones obsoletos
porque una vez que el sol se oculte
nacerán de nuevo las montañas
enclaustradas en sus triángulos escalenos.
¿Adónde volarán los ruidosos estorninos
cuando su canto haya sido devorado por el silencio?
El desierto es el almacén infinito
donde caben todos los vacíos y sus ecos.
Una larga silueta de cielo apenas nacido se recorta
en su asíntota inclemente.
Tampoco música.
Tus últimas palabras, casi oraciones,
se pierden en el espejismo que ahora eres.
No puedo distinguirlas entre el murmullo de la arena
y el canto de sirenas del subsuelo.
Ni el color que da la vida.
Despojado de deseos me disuelvo en el reverbero
de la imagen del barco que arriba.
Tampoco tú vienes en él.
El último camello de la tarde descarga lo necesario
para instalar la noche sin estrellas.
Noche de amor sin tí.
El afilado sonido de los alfanjes recuerda al silbido de serpientes
que una tarde de frío escuchamos en el jardín que entonces éramos.
Jardines de ciudad que el siroco nos trae aquí, al desierto.
Déjame, entonces, amada, reordenar de nuevo las elipses de tu cuerpo,
las coordenadas de tus curvas, para que sean como curvos puñales agarenos
Déjame mirar de nuevo en el misterio de tu abismo
en el que guardas tus dioses y los amantes que fueron.
Pronto llegará otro viento, el que fecunda las vírgenes
con el canto del muecín.
Planeta muerto.
Oh, el desierto de mis noches, cálida carne, susbstancia equívoca,
geometrías reflejadas en los ojos de los chacales muertos,
sabiendo, como sabemos, cuánto callan las viejas piedras,
cuánta agua de fuentes samaritanas se filtró desde la arena
y allí abajo nos espera, lágrimas entumecidas,
inmóviles cantos de las manos amordazadas por las penas del amor.
Viento dorado que desteje la armonía de las telarañas
que se cobijan en tus profundas axilas.
Porque música eres tú
Ya llega ¿no lo ves? el reflejo de la estrella que revienta
en las escolleras del puerto.
Era mi última esperanza, la última luz que provenía de tí,
el término del fractal que nos engendra y envuelve cuando,
solos en la madrugada, brillas como un ojo de ágata
colocado como fuego bajo la imagen de un Buda.
Deshagamos los panteones obsoletos
porque una vez que el sol se oculte
nacerán de nuevo las montañas
enclaustradas en sus triángulos escalenos.
Última edición: