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A la dama de hierro.

Roman Vieira

El cuervo rojo que te observa en silencio.
A la dama de hierro.

No es la armadura,
ni la espada, ni el escudo,
sino el blindaje que en el alma lleva,
en el corazón que guarda protegido.

Ni la valía de los caballeros,
ni las destrezas del gentilhombre,
ni las delicadezas de las musas,
ni las palabras santas de las dulces damas.

Nada hay que traspase esa armadura,
nada hay que derribe aquel inmenso muro,
y es que su corazón no es un castillo basto,
sino una torre solitaria, una prisión, una jaula.

A veces la miro en cercana lejanía,
preguntándome si queda un ápice de algo,
una alegría oculta, un amor quizás lejano,
un as bajo la manga esbozando una sonrisa.

Y sin embargo no la encuentro.

La dama de hierro no es un libro abierto,
ni siquiera una historia trunca al borde de un final,
es solamente un momento detenido en el tiempo,
un final perpetuo aferrándose a la vida misma.

Y si pudiese yo salvarle...

Y sin embargo le temo yo a su furia,
a la gélida eternidad de su silencio,
a la ira completa de su palma abierta...
cuando el dolor al fin me alcance,

Tras la infructuosa aventura de robarle un beso.

Y es que no es la armadura,
ni la espada, ni el escudo,
sino el blindaje que en el alma lleva...

Mi amada, mi amante,
la mujer fundida bajo el hierro.

-A la dama de hierro-​
 
No es la armadura,
ni la espada, ni el escudo,
sino el blindaje que en el alma lleva,
en el corazón que guarda protegido.

Ni la valía de los caballeros,
ni las destrezas del gentilhombre,
ni las delicadezas de las musas,
ni las palabras santas de las dulces damas.

Nada hay que traspase esa armadura,
nada hay que derribe aquel inmenso muro,
y es que su corazón no es un castillo basto,
sino una torre solitaria, una prisión, una jaula.

A veces la miro en cercana lejanía,
preguntándome si queda un ápice de algo,
una alegría oculta, un amor quizás lejano,
un as bajo la manga esbozando una sonrisa.

Y sin embargo no la encuentro.

La dama de hierro no es un libro abierto,
ni siquiera una historia trunca al borde de un final,
es solamente un momento detenido en el tiempo,
un final perpetuo aferrándose a la vida misma.

Y si pudiese yo salvarle...

Y sin embargo le temo yo a su furia,
a la gélida eternidad de su silencio,
a la ira completa de su palma abierta...
cuando el dolor al fin me alcance,

Tras la infructuosa aventura de robarle un beso.

Y es que no es la armadura,
ni la espada, ni el escudo,
sino el blindaje que en el alma lleva...

Mi amada, mi amante,
la mujer fundida bajo el hierro.

-A la dama de hierro-
yo pensé que iba dedicado a Margaret Thatcher
 
yo pensé que iba dedicado a Margaret Thatcher

Jajaja, lo siento... no, no me he metido mucho en eso de los personajes históricos, salvo excepto, Napoleón. Sinceramente, no había pensado en ella al estar haciendo este texto. Me disculpo por ello.

Saludos y gracias por pasar.
 

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