Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Por las mañanas,
cuando me siento a desayunar,
ponen frente a mí un plato lleno de grillos apelotonados
y gusanos enroscados en un coito aterrador,
mordiéndose los unos a los otros para despedazarse,
tal y como exige su ritual de apareamiento.
Las hormigas se clavan sus miembros raquíticos hasta que se los parten.
Y el plato blanco,
los cubiertos de plata virgen,
la servilleta que fue bordada por manos de reinas convertidas en mendigas...
¡Oh, todo queda embarrado por los huevos aplastados de los insectos
y su masa de sangre y tripas!
Y, en un bol,
cáscaras de laca de uñas,
cenizas,
cristales
y un chorro de algo que apesta,
seguramente la última orina de un gato vagabundo
antes de ser despellejado para la cena.
- ¡Oye, espabila y come de una vez!
De nuevo he sido ensartada por estas neuronas depravadas.
En el plato sólo hay un par de tostadas;
en el bol,
cereales con yogur.
cuando me siento a desayunar,
ponen frente a mí un plato lleno de grillos apelotonados
y gusanos enroscados en un coito aterrador,
mordiéndose los unos a los otros para despedazarse,
tal y como exige su ritual de apareamiento.
Las hormigas se clavan sus miembros raquíticos hasta que se los parten.
Y el plato blanco,
los cubiertos de plata virgen,
la servilleta que fue bordada por manos de reinas convertidas en mendigas...
¡Oh, todo queda embarrado por los huevos aplastados de los insectos
y su masa de sangre y tripas!
Y, en un bol,
cáscaras de laca de uñas,
cenizas,
cristales
y un chorro de algo que apesta,
seguramente la última orina de un gato vagabundo
antes de ser despellejado para la cena.
- ¡Oye, espabila y come de una vez!
De nuevo he sido ensartada por estas neuronas depravadas.
En el plato sólo hay un par de tostadas;
en el bol,
cereales con yogur.